CUENTO: “El arcoiris”

“¿Te diste cuenta de que el arcoiris es una sonrisa pero al revés?” Lucía la miró a Camila sorprendida. “No, la verdad es que nunca lo había pensado”. “Lo sospeché” le dijo Camila contenta de haberle enseñado algo a esa amiga suya que, por llevarle un par de años, siempre se llevaba ella el rol de maestra.

Ese día Lucía estaba especialmente dolorida y la ocurrencia de Camila no la enterneció tanto como lo hubiera hecho en otro momento. Ambas estaban recibiendo su tratamiento intravenoso, ese día habían coincidido en horario, y no podían moverse demasiado. Lucía solo podía pensar en el momento en que su mamá volviera al cuarto y le hiciera esos mimos en la cabeza que la ayudaban a dormir mejor.

Camila en cambio estaba teniendo un día más animado. De hecho había abierto los ojos esa mañana con la imagen de un arcoiris y no había parada de dibujarlo desde que se había despertado. Una y otra vez, con colores muy distintos en cada versión. Fue en uno de esos tantos dibujos en que se dio uno de sus mayores descubrimientos. Si el arcoiris podía ser también una sonrisa, ¿qué otras cosas serían distintas según el punto de vista?

La tarde estaba por terminar y la mamá de Lucía todavía no había llegado. Hacía rato que la mamá de Camila estaba a los pies de su cama, escuchando la explicación que le estaba dando (con lujo de detalles) sobre su gran hallazgo. De reojo veía cómo la compañera de cuarto de su hija se impacientaba cada vez más. “Ya va a llegar, Lu, no te preocupes.” Le dijo en un momento para tranquilizarla. Pero las horas pasaban y seguían sin saber de ella. La mamá de Camila se dijo que lo primero que haría cuando llegara la mamá de Lucía era era pedirle su celular. Se odiaba por no tenerlo para poder calmar a Lucía con más argumentos.

Camila se quedó dormida plácidamente después de la cena. La mamá aprovechó para acercarse a Lucía que había dejado la bandeja de la comida prácticamente intacta a un costado. “¿Estás bien?” Lucía asintió. “¿Vos sabés hacer caricias de pelo?” La mamá de Camila sonrió con ternura “Sí claro, es un superpoder que tenemos todas las mamás”. Lucía acomodó su cabeza en la almohada y la mamá de Camilia procedió a cumplir su pedido mientras pensaba qué sería de la mamá de la nena.

Recién a medianoche llegó la mamá de Lucía al cuarto. Había tenido un día muy pesado en el trabajo y no había logrado escaparse antes. La mamá de Camila se había quedado esperando a que llegara; se había autonconvencido de que quería estar tranquila de que no le hubiera pasado nada, después de todo en las dos semanas que llevaban compartiendo cuarto no había llegado tarde ni un solo día. Pero la realidad es que quería estar ahí por si Lucía se despertaba angustiada, una parte de ella la había empezado a adoptar como su propia hija.

Las madres cruzaron sus miradas aliviadas. La mamá de Camilia por ver que la otra mamá estaba bien; la mamá de Lucía por ver que su hija estaba acompañada. Se hicieron señas casi al mismo tiempo invitándose un café en la cafetería del hospital.

Era la primera vez que compartían un rato a solas. Era, por ende, la primera conversación de adultos que tenían. Ambas le pudieron poner nombre a la enfermedad que la hija de la otra tenía. Hasta ese entonces habían podido indentificar solo algunas palabras sueltas que los médicos decían cuando pasaban, pero que casi siempre tenían un velo de eufemismo para intentar proteger a las más chiquitas.

Ambas sintieron alivio por poder hablar llanamente con alguien que estuviera pasando por un proceso tan parecido al propio. Había tantas cosas que no hacía falta explicar que la conversación fluía mucho mejor que con cualquier otro familiar o amigo cercano que intentara acompañar. Abas coincían en que acompañar y vivirlo eran cosas absolutamente distintas.

Recién hacia el final de la charla hablaron de otros temas no relacionados con lo que estaban viviendo ni con sus hijas. “¿Y vos a qué te dedicás?”. La mamá de Camila nunca hubiera imaginado que esa pregunta haría derrumbar el puente que las dos mujeres estaban construyendo entre ellas.

La mamá de Camila aceleró la vuelta a la habitación, en parte porque quería estar tranquila de poder acompañar a su hija de cerca, pero en parte también porque no estaba convencida de seguir compartiendo un café con quien perteneciera a esa semillera que tanto mal, a su entender, le había hecho al país. Todo lo que había pensado, del sacrificio que veía que la mamá de Lucía hacía para mantener una casa por sí sola y seguir adelante con su profesión con tres hijos a cuestas, se había venido abajo pensando ahora que en realidad formaba parte de una empresa tan deshonesta.

Pasó la noche y a la mañana la mamá de Camila intentó escabullirse para evitar que el tomar un café entre mamás se volviera algo recurrente. Tenía miedo de no poder controlar su postura y que se terminara generando entre ella y la mamá de Lucía una situación incómoda.

Lucía y su mamá apenas se estaban despertando cuando escucharon los ruidos de los aparatos que tenía conectados Camila. En un lapso de 5 minutos entraron médicos y enfermeros preocupados: Camila estaba teniendo una recaída. “Necesitamos hablar con la madre” le dijo uno de ellos a la mamá de Lucía. “No sé dónde está” le contestó con desesperación. Se odió en ese momento por no tener el celular de ella. “Vamos a intentar contactarla”. Camila no estaba consciente pero su mano empezó a sacudirse, en busca de algo… o de alguien. La mamá de Lucía instintivamente se la agarró, y Camila se relajó. Los aparatitos, por un rato, dejaron de chillar. Los valores, por un rato, estaban un poco más normales.

Cuando entró la mamá de Camila con desesperación a la habitación no podía ni hablar por su respiración agitada. “Está todo bien, dicen que está estable” le dijo la mamá de Lucía “Ya se despertó y ahora está descansando”. Ella no se había alejado de al lado de Camila y sus manos seguían agarradas con fuerza. La mamá de Camila rompió en llanto: no podía creer que por un prejuicio se hubiera ido en el momento en que hija más la necesitaba. Por primera vez la mamá de Lucía soltó la mano de la compañera de cuarto de su hija, para abrazar a la madre. ¿Sería necesario disipar las diferencias para volver a acercarse?

Esa noche las dos mamás volvieron a compartir un café. Esta vez era la mamá de Camila la que le agradecía por haberla reemplazado cuando ella no había podido acompañar a su hija. Hablando de sus experiencias, sus culpas, su cansancio, las dos mujeres fueron construyendo de nuevo el puente invisible entre ellas. Quizás no todo las uniera. Quizás en el mundo “exterior” nunca hubieran sido amigas. Pero en ese otro mundo que los desafíos de la vida las obligaban a vivir, ahí eran las mejores compañeras que podían haber elegido. La mamá de Camila se acordó entonces de toda la disertación que su hija le había hecho sobre el arcoiris: si se lo mira al revés puede ser una sonrisa multicolor. Con solo 7 años su hija le estaba dando una lección de vida.

Pasaron los días, los meses, las consultas, los años. Con el tiempo Lucía y Camila pudieron volver a los rieles de la infancia, acompañadas de cerca por sus médicos, pero con la posibilidad de construir un futuro. La amistad de las compañeras de cuarto se hizo cada vez más fuerte.

Un día de primavera Lucía se estaba preparando en el cuarto de esa gran estancia que habían alquilado con su novio para coronar el principio de su familia. “El cuarto de la novia es chico” le habían dicho “Solo podrían entrar 4 personas, además de la maquilladora y la peinadora”. Las numerosas primas habían esperado ansiosas su invitación a esos momentos de preparación. Las cuñadas de Lucía también tenían la secreta ilusión de formar parte de ese momento. Pero para la novia estaba claro quiénes tenían que acompañarla en ese ritual: su mamá, Camila y la mamá de Camila. Ese equipo de 4 que había empezado a construirse con un trompazo de la vida. Esos hallazgos que nos da el destino cuando vemos todo oscuro. Esa luz que nos ayuda a seguir con la certeza de que no estamos solos. Ni en las malas, ni en las buenas.

Antes de que Lucía diera su gran paso, las dos amigas se quedaron un rato solas en el cuarto. Entonces Camila pudo darle su regalo de casamiento: una hermosa pulsera de oro con un gran arcoiris en el medio. Después de ponérselo a Lucía en la muñeca le dijo “¿Ves lo que siempre te dije? Desde acá yo solo veo una gran sonrisa. Nunca te olvides de que a veces, no es cuestión de forzar la realidad intentando cambiarla; solo basta con correrse de lugar y cambiar de perspectiva”. Camila no se imaginaba que con esa frase le estaba dando a su amiga grandes claves para seguir adelante.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s