Cuento #29. “El lago Rosario”

P.h. @turismotrevelinok

Sara ya estaba cansada de lidiar con los roces que su hermana y ella tenían desde que vivían juntas en el departamento de la Av. Pueyrredón. Por eso cuando Cinthia, su amiga de la facultad, le propuso hacer un viaje juntas al Sur esas dos semanas que tenían libres en enero, Sara no dudó en decirle que sí. Era la excusa perfecta para descansar un poco del tire y afloje de la convivencia.

Y es que Sara había aceptado alojar a su hermana esos 4 meses que tenía de impasse de su recorrida por el mundo, pero las semanas se estaban haciendo más largas de lo esperado. Cuando se quiso dar cuenta no pasaba mañana en que no discutieran por quién se bañaba primero. La hermana pensaba que, como invitada, tenía ciertos privilegios; Sara no concebía esas pantomimas de hospitalidad y consideraba que ella perfectamente podía hacer sus propias compras y organizar sus propias salidas, sin la necesidad de su compañía constante. ¿O acaso era justo que ella se aburriera escuchando música clásica cuando cada una podía hacer planes por separado?

La noticia del viaje había entristecido a su hermana, sobre todo porque cuando Sara volviera solo les quedarían dos semanas para compartir. Pero Sara estaba convencida de que necesitaba un respiro de su huésped y pensó que era mejor privilegiar su salud mental que tratar a su hermana con algodones. Ni hablar de que prefería no seguir mirando cómo su ropa volvía después de un uso estirada, desteñida o rota.

El primer destino de Sara y Cinthia era Trevelin, en la Provincia de Chubut. Cinthia había elegido esa ciudad porque tenía gran interés en conocer una reserva de algún pueblo originario y, según había estado investigando, cerca del Lago Rosario se encontraba una importante comunidad mapuche. Sara, con tal de respirar otro aire, había aceptado acompañarla a donde quisiera.

Cuando llegaron a Trevelin fueron directo a la Dirección de Turismo para averigüar cómo podrían llegar a la comunidad. Una asistente social que se encontraba ahí de casualidad se ofreció a llevarlas esa misma tarde cuando fuera a acercarles una encomienda. Eran estas las cosas que Cinthia amaba de viajar a la deriva: el dejarse llevar por la intuición y toparse, sin planearlo, con las personas justas en el momento justo.

Luisa, la asistente social, resultó ser una asidua visitante de la Comunidad Lago Rosario y la gente de ahí la consideraban una más de ellos. Esa tarde Sara, Cinthia y Luisa llegaron hasta el salón comunitario donde encontraron un grupo de mujeres reunidas tomando mate, tejiendo y comiendo tortas fritas. Los hombres habían ido a la ciudad en busca de trabajo y los niños, como era enero y no tenían clases, estaban en el salón junto a sus madres.

El día en que Sara y Cinthia visitaron la comunidad era un día especial. Uno de los motivos lo descubrieron en ese momento: las mujeres estaban enseñando a las mujeres de otra comunidad mapuche, más pobre que la de ellos, a tejer en telar. El compañerismo y la falta de competitividad fue lo primero que llamó la atención de las porteñas. ¿Antes de intentar venderles lo que ellas hacían le estaban enseñando a hacerlo por ellas mismas? Parecía inconcebible. Esas mantas que estaban tejiendo valían fortunas en Buenos Aires y estas mujeres estaban literalmente regalando su conocimiento.

Un par de rondas de mate y las porteñas ya sentían como si conocieran a las mujeres de la Comunidad de Lago Rosario de toda la vida. Entre estas mujeres se destacaba la matriarca, una mujer mayor a la que todas mostraban especial respeto y a quien consultaban con la mirada antes de emitir cualquier comentario. Luego de contar con la aprobación de la matriarca Rosario, una de las mujeres les preguntó a Sara y a Cinthia si querían ver cómo vivían en la comunidad. La primera reacción de Sara fue decir que no, le parecía que era demasiado invasivo. Después de todo Sara casi que no se aguantaba el escrutinio de su propia hermana, menos le hubiera gustado hacer una visita guiada por su departamento a dos mujeres completamente extrañas. Pero Cinthia, fascinada con la experiencia que estaban viviendo, dijo que sí rápidamente y no dejó lugar a vacilaciones.

La mujer les hacía el recorrido por los cerros con evidente orgullo, pero Sara y Cinthia, a medida que avanzaban, iban sintiendo un nudo cada vez más grande en sus panzas. Las viviendas eran sumamente sencillas y algunas de ellas hasta tenían cartones en lugar de ventanas. De hecho en todas las casas había mucho papel de diario y cartón, que usaban para moderar las temperaturas. De golpe Sara se acordó de la discusión que había tenido con su hermana por si compraba la cortina roja o la celeste a rayas para el living, y de ese acolchado de plumas que tan poco cuidaba y que le había salido una fortuna. Un escalofrío de vergüenza le recorrió el cuerpo. Cinthia le susurró al oído “¿Cómo podremos ayudarlos a que vivan mejor?” Sara encogió los hombros.

Cuando volvieron al salón comunitario Cinthia le preguntó a Luisa si podía llevarlas a conocer el famoso Lago Rosario. La matriarca, Rosario, escuchó la pregunta y agachó la cabeza en un claro signo de dolor. Rápidamente Luisa le dijo “Yo las llevo, vos no te preocupes”. Rosario levantó la mirada cargada de lágrimas y con una voz bien plantada le respondió “Yo también las voy a acompañar”.

Sara y Cinthia no entendían lo que había sucedido pero se incomodaron ante tanta solemnidad. Cinthia quiso deshacer su petición al oído de Luisa, pero ésta le hizo señas de que ya no habría marcha atrás. Las cuatro mujeres emprendieron entonces el incómodo camino hacia el Lago Rosario. Las porteñas, por primera vez, iban calladas. El haber importunado a esta mujer que tanto respeto inspiraba las había dejado descolocadas. Pero no querían volver a hacer ningún movimiento en falso así que simplemente siguieron el camino que les indicaba Luisa. Cuando finalmente llegaron al lago todo se disipó. El azul reluciente del reflejo del cielo en el agua; el verde intenso de la vegetación de alrededor; las sierras y sus ondulaciones perfectas de fondo. Todo en ese lugar inspiraba paz. Sara y Cinthia se quedaron hipnotizadas mirando el lago y como siempre ocurre con el paisaje de aguas, un imán invisible las arrastró hasta la orilla.

Luisa y Rosario iban detrás pero en un determinado momento Rosario detuvo la marcha y se retiró hacia el costado. Luisa respetó su distancia hasta que la escuchó llorar. Entonces también Sara y Cinthia dejaron de disimular la situación que se estaba generando, y se acercaron sigilosamente para entender de una vez por todas qué era lo que estaba pasando y, si habían ofendido en algo a Rosario, poder reparar su error. Luisa abrazó a Rosario y le dijo “¿Ves? No tendrías que haber venido”. Y Rosario, con la misma firmeza con la que había hablado antes, le contestó “¿Cómo no voy a venir si ellas son mis huéspedes hoy?”. Ante la mirada confundida de las porteñas, Rosario contó la razón de su dolor “Hoy se cumplen exactamente 10 años desde que perdí a uno de mis hijos en estas aguas, y nunca había vuelto a visitar el lago desde entonces”. Sara y Cinthia comenzaron a deshacerse en disculpas, pero con un gesto simple Rosario las frenó en seco “No había ninguna duda de que yo tenía que acompañarlas, ustedes hoy son mis huéspedes”. La simpleza de sus palabras y la firmeza de su actitud llenó a las porteñas de inspiración y de respeto. Ellas pensaban que la comunidad las necesitaba por todo lo material que les faltaba, y en realidad eran ellas las que tenían mucho que aprender de esas mujeres. Sara recordó la cantidad de planes que le había rechazado a la hermana mientras era su huésped, su invitada, y se llenó de culpa.

Antes de regresar a la comunidad las cuatro mujeres se quedaron un largo rato contemplando la puesta del sol a orillas del lago Rosario. ¿Qué fuerza había hecho que justo ese día Sara y Cinthia se hubieran encontrado con Luisa? ¿Que Cinthia les pidiera conocer el lago justamente ese día que era un aniversario tan doloroso? Sin duda se trataba de esos hilos invisibles que nos unen con los demás de formas que superan la razón, y a los que debemos prestar atención para no dejarlos pasar. Para que no se corten sin habernos conectado a esas personas especiales que, por una vía puramente racional, nunca hubiéramos llegado a conocer.

De regreso al hotel Sara le dijo a Cinthia “Tengo que irme, quiero volver con mi hermana. Todavía le queda un mes en mi casa y quiero atenderla como Rosario nos enseñó hoy que hay que atender a nuestros invitados: dejando el egoísmo de lado y haciéndolos sentir importantes porque, después de todo, nos están regalando su tiempo al lado nuestro”.

La alegría que sintió la hermana de Sara cuando la vio llegar al departamento sanó el dolor que había sentido cuando se fue. Ella, que tanto la extrañaba cuando daba vueltas por el mundo, había querido concentrar en esos 4 meses todos los momentos cotidianos que se perdían por no vivir en la misma ciudad. Sabía que quizás había estado intensa, le dijo a Sara mientras la abrazaba, pero es que realmente quería compartir tiempo con ella.

Sara y la hermana disfrutaron de esas últimas semanas como si no hubiera habido un “antes” y como si no hubiera un “después”. La profunda sororidad que había visto en Rosario y en las mujeres de la comunidad la habían hecho dar cuenta a Sara de la importancia de dejar pasar las frivolidades y de ser equipo con su hermana, para empoderarla y empoderarse.

Cuando llegó el momento de despedirse en Ezeiza algo les decía que siguieran abrazándose un rato más. Se sentían exageradas, después de todo la hermana volvería en julio para el cumpleaños de 90 de su abuelo y había una posibilidad de que Sara viajara a Nueva York en mayo para visitarla, pero igual siguieron su instinto y el abrazo valió por mil. Atrás quedaban los roces y desacuerdos: los recuerdos de los últimos días juntas eran los que realmente valían. Y fueron éstos los que las mantuvieron unidas a pesar de la distancia en los meses que vendrían. “Te escribo cuando llegue a Nueva York” le dijo la hermana.

Unas semanas después el coronavirus haría explotar los planes de todo el mundo por los aires. Las hermanas no solo no podrían verse ni en mayo ni en julio, sino que además no sabían cuándo podrían efectivamente volver a encontrarse. En los días de incertidumbre, cuando el Covid-19 había apagado la música de Nueva York para transformarla en una ciudad gris y triste, Sara se aferraba a los últimos días que había vivido con su hermana. La tranquilizaba saber cómo se habían disfrutado. Y, más que nunca, le agradecía a los hilos invisibles de la vida que la habían llevado hasta Rosario que le había enseñado la importancia de valorar a quien tenemos al lado en el momento justo.

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