Cuento #28. “El encuentro”

Llegué al hotel empapada. Como si las 28 horas de vuelos y escalas no hubieran sido suficientes, Kazán me recibió con una lluvia torrencial. Esos son los momentos en los que pienso “¿por qué no podré arreglármelas solo con una valijita chiquita como lo hace la gente práctica?”.

Durante todo el check-in en la recepción del hotel me costó entender lo que decían. Planeando el viaje me había parecido pintoresco quedarme en una posada sencilla para empaparme de la cultura rusa. Pero si algo estaba aprendiendo era que el viaje que uno planea en el mapa es muy distinto al que uno vive en vivo y en directo. Con los días me encariñaría con el lugar. Pero en ese primer momento en que lo conocí, muy cargada y empapada, me llevé muy malas primeras impresiones y por un segundo me arrepentí de haber reservado 20 días de estadía ahí.

Una ducha me sacó el malestar general. Hacía frío afuera así que decidí no exigirle más a ese día caótico. Ya tendría tiempo de conocer la ciudad; ahora lo mejor sería bajar al bar y tomar un rico té que me devolviera las energías que me estaban haciendo falta. Lo que cuando llegué me parecía gris e inhóspito ahora me transmitía calidez. Ya se había hecho de noche y habían encendido las luces tenues del vestíbulo y la chimenea de la sala de estar. Me arrepentí de no haberme bajado mi libro para seguir la lectura que había empezado en el viaje, no ya en incómodas sillas de aeropuerto, sino en un confortable sillón. Pero no tener nada concreto para hacer fue bueno. Usé ese momento para relajarme, resetear y empezar a disfrutar de esas extrañas vacaciones.

“¿A Rusia? ¿Qué hay en Rusia?” Claro que mi familia no entendía por qué quería irme tan lejos estando tan sola. Viajar después de una ruptura parecía un cliché superficial, así que decidí dar otro motivo “Quiero ir a ver la Torre de Soyembika y todos los monumentos de la fortaleza.”. Esto no era del todo mentira: desde que en un curso de arquitectura rusa había descubierto la existencia de estos increíbles monumentos siempre me había quedado el pendiente de conocerlos. Mis futuros colegas y compañeros de Arquitectura estaban obsesionados con esas construcciones que obsesionan a todos, esos que la cultura kitsch metió en nuestras cortinas de baño y en los cuadros de decoración que venden en los supermercados. Yo en cambio quería ver bien de cerca esos monumentos que nadie conocía pero que conmovían igual o más que los otros.

Pero en realidad lo que más quería era estar lejos de todo lo que me hiciera acordar a él. Cuando bajé del avión y lo único que escuché fue el ruso supe que había tomado la decisión correcta. Quería un destino en el que nadie me entendiera y no entender a nadie. Obligarme a escucharme solo a mi. Conocer lugares que nadie de mis amigos ni de mi familia conociese, para no tener que escuchar el típico “¿Y fuiste a tal lado? ¿Y viste tal cosa? ¿Y te fuiste sin conocer tal otra?”. A veces la globalización hace de ciertos destinos lugares demasiado comunes; se asume que para conocerlos bien hay que seguir unos itinerarios impuestos vaya a saber uno por quién. Ya estaba un poco cansada de haber perdido la magia en mis primeros encuentros con ciudades como Roma, Paris o Londres por todo el “extra” que había escuchado decir a los demás antes de forjarme mi propia idea sobre ellas. Quería conocer una ciudad de la que nunca hubiera oído nombrar para que mi experiencia fuera única y mi manera de conocerla indiscutible. Claro que después le daría mis consejos a todo el que quisiera conocer Kazán, porque supongo que es inevitable eso del querer compartir con otras personas la propia experiencia. Pero también me había propuesto incentivar a todo el que me preguntara a que buscara su ciudad, una ciudad, cualquier ciudad en el mundo, para conocer completamente de cero y en soledad.

Lo que me había llevado a Kazán era la torre en 7 escalones que lleva el nombre de la última reina de la ciudad, Siuyumbiké, y que tantas leyendas tiene detrás. Ésta forma parte del Kremlin de Kazán, la ciudadela que, según nos habían contado en el curso, se construyó en la época de Ivan el Terrible y fue declarada en el 2000 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Ese era mi primer destino en la ciudad. El resto del itinerario lo iría descubriendo día a día.

Justo cuando estaba terminando mi té el mozo me acercó una nota. Ante mi sorpresa me encontré con un mensaje escrito en inglés y con letra muy prolija “Thank you for the view. There is nothing more delightful than a woman with such an inner world. Don’t you ever lose that.”. Lo primero que hice fue mirar alrededor, pero no vi a nadie. De hecho estaba prácticamente segura de que no había habido nadie en la sala de estar durante todo el tiempo que había estado ahí. Pero, claramente, estaba demasiado inmersa en mi “mundo interior” como decía la nota. Le pregunté al mozo quién me la había mandado pero su inglés no era muy bueno y con suerte pude saber que era alguien que había estado sentado cerca de la ventana. La nota me generó una mezcla de sensaciones: me sentía halagada pero a la vez invadida. No tenía la idea de conocer a nadie más que a mi misma; necesitaba que el viaje que había emprendido sola en esta ciudad desconocida siguiera su rumbo en esas mismas condiciones. Era lindo el mensaje y lo que me decía, en definitiva era más profundo de lo que podría haber sido, pero sentí cierta molestia y cuando terminé el té subí rápido a mi habitación.

Al día siguiente emprendí el tan deseado paseo. Quería evitar ser interceptada por algún desconocido que se creyera trovador y que quisiera mandarme otra vez una nota como si estuviéramos en el siglo pasado. Pero nada de eso sucedió. Ya al tercer día prácticamente me olvidé del candidato y logré que el viaje fuera tal como lo había planeado. Después de mi primer almuerzo en el restaurant del hotel sin haber recibido nada de ningún extraño volví a animarme a usar los espacios comunes con total libertad. Así pude sumergirme en los libros que iba comprando en las excursiones, pasar horas investigando antes de mi paseo del día siguiente, y pasar otras tantas conversando conmigo misma sobre lo que me gustaba, lo que no, lo que quería ver. Ese espacio me permitió también ver más claro mis planes futuros. Por fin podía empezar a responderme la pregunta de qué quería hacer de mi vida cuando volviera a Buenos Aires. Había tenido que despojarme de todas las otras voces para por fin escuchar la mía.

Me quedaba solo un día en la ciudad. La noche anterior había decidido ir a cenar afuera, a ese restaurant que tanta pinta tenía pero que había decidido dejar para el final porque era demasiado caro. Cuando volví al hotel después de haber comido un riquísimo Shashlyk, el chico de la recepción me entregó una nota. Estaba escrita en el mismo papel de aquella nota que había recibido en mi primera noche en Kazán. Esperé a estar en mi habitación para leerla. “¿Esa persona había estado todo el tiempo ahí?” Por alguna razón creía que si no había vuelto a tener noticias suyas era porque ya se había ido. Con la misma letra elegante leí “I’d like to have the chance to know you: just one hour, just one coffee. If you’d like to know me too, see you tomorrow at 11 am at the point where Moscú is just 722 km away and Rome, 3050 km.” ¿Qué cosa? ¿Qué clase de adivinanza era esa?

Me rompí la cabeza pensando en a qué podía referirse. Busqué en internet pero encontraba de todo menos un espacio específico. Cuando me quise dar cuenta le había dedicado las dos últimas horas a investigar un lugar para conocer a alguien que ni siquiera sabía si quería conocer. El primer día hubiera contestado a esa pregunta con un “no” rotundo. Pero este candidato había esperado mucho para volver a escribirme y eso me había gustado. No sabía si había sido a propósito; no quería pensar que sabía que me iba al día siguiente porque no quería enterarme de cómo lo había averigüado. Pero de alguna forma el timing había sido perfecto y quizás valía la pena darle una chance al destino.

El problema era que seguía sin saber dónde quedaba ese lugar y por qué las distancias con las otras ciudades eran tan importantes. Dejé mi vergüenza de lado y bajé al lobby para hacerle al recepcionista la extraña pregunta que tenía desde hacía horas rondado en la cabeza. Ni bien le mencioné los números exactos de las distancias supo de qué le hablaba. Me dio un mapa y me marcó el lugar. Me pareció haberle entendido que ese era el “KM 0 de Kazán”. Ese día me fui a dormir sin saber exactamente si al día siguiente iba a querer ir a esa especie de cita, pero por lo menos ya sabía a dónde debía dirigirme.

Al otro día me desperté casi sin acordarme del encuentro, lo cual me pareció una buena señal. Había logrado mi principal objetivo del viaje: poder pensar primero en mi y después pasar a incluir a alguien más en mi día. Que lo que tuviera que ver con otro no fuera lo primero que se me viniera a la cabeza. Ahora sí estaba preparada para encarar los siguientes pasos de mi vida ahora que había cambiado el chip y lo primero que registraba cuando me despertaba era en cómo me sentía y qué quería yo. Me pareció entonces que no perdía nada yendo al encuentro; no quería quedarme con la duda de quién sería esa persona y qué podría significar para mí.

Nos encontramos en el KM “Cero” de Kazán. Llegué a las 11:05 am cosa de que él ya estuviera ahí y pudiera acercarse rápido ya que yo no podía dar el primer paso porque nunca lo había visto (o eso creía). No tenía ganas de mirar a los extraños que se acercaran con cara de inquisición buscando adivinar quién era él.

“Hello” escuché detrás mío, con la misma elegancia que había en las notas. Era Patrick, el mozo del hotel. Ya me había percatado en que tenía cierto porte atractivo. Tenía dos cafés en la mano y unos muffins en una bolsa. Me propuso tomar el desayuno a pie mientras conversábamos. Su inglés era mejor de lo que recordaba; entonces me contó que cuando me dio la primera nota y le pregunté quién se la había dado, le dio tanta vergüenza admitir que era él que prefirió darme una respuesta vaga. Había entendido por mi actitud que no estaba buscando ninguna historia de amor y por eso esperó pacientemente a que llegara el último día antes de hacer alguna movida. Él creía realmente que nos llevaríamos muy bien pero no había querido entrometerse en “mi viaje de autoconocimiento”. Me impresionó cómo, sin haber hablado conmigo, había podido definir tan bien lo que yo me había propuesto.

Fue la mejor manera de pasar mi último día en Kazán. Realmente teníamos mucho en común y pudimos conversar por horas y encima en un idioma que no era el propio, cosa que no es sencillo salvo que realmente las almas se entiendan a la perfección. Yo debía volver a Buenos Aires y él no pensaba, por el momento, mudarse de ciudad. Pero nos conocimos, nos encontramos, y eso ya era mucho. El hecho de que hubiera respetado mi viaje solitario como algo sagrado fue clave para que se ganara mi cariño para siempre. ¿Cuántos KMs separaban el punto cero de Kazán de Buenos Aires? Lo buscamos juntos. Me dijo que cada vez que volviera al “KM Cero” pensaría en eso. Hasta que volvieramos a vernos seguiríamos conociéndonos con mails, llamados, mensajes, videos, fotos; en definitiva con todas esas herramientas que hoy existen para acortar las distancias. Y quién sabe, quizás algún día podamos dejar de contar los kilómentros de distancia que nos separan al uno del otro; quizás algún día nos encontremos en nuestro propio “KM Cero”.

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