Cuento #5. “Cafayate”

“Qué rico que cocinás”, “Me encanta cómo te vestís”, “¿Tu mejor amigo se casa en Cafayate aunque los dos sean de acá de Buenos Aires? ¡Qué original!¡Obvio que me divierte ir con vos!” Esas cosas que uno dice cuando recién empieza la relación y que algunos meses después ya no se ven de la misma manera.

Y sin embargo acá estamos: pleno mes de febrero, con un calor que raja la tierra, super empilchados, yendo en auto hacia Cafayate. Hacía un año que sabíamos de este casamiento, pero no se si por negación o por dejadez nunca nos ocupamos de reservar el hotel. Hace dos semanas, cuando intentamos encontrar habitación, ya estaba todo tomado. Lo más cerca que encontramos fue en San Carlos, a media hora de donde sería la fiesta “Es como si tuviéramos que ir desde Palermo a una fiesta en Pilar” me había dicho Patricio sonriendo, para buscar apaciguar mi malhumor. Yo sabía que tenía la mejor de las intenciones, pero los últimos días no habían sido fáciles para los dos y todo lo relacionado con este bendito casamiento nos había llevado a pelear. Así que solo atiné a sonreír y a desear en lo profundo de mi ser que esa única habitación que habíamos encontrado no fuese del todo una pocilga.

¿Vamos en auto? Me había dicho un día. Pero yo, que siempre amé lo viajes en ruta, no quería enfrentarme a las charlas profundas que implicarían el viajar solos por más de 16 horas. Con la excusa de que no me podía pedir tantos días en la oficina logré que sacáramos el aéreo.

Cuando llegamos al aeropuerto de Tucumán alquilamos el auto con el que iríamos hasta San Carlos, para pasar la primera noche, y a Cafayate el día siguiente para el gran festejo.

“No entiendo por qué celebrás con alegría algo en lo que no creés” le dije en un momento del viaje a Patricio. Me había prometido no hacerle ningún comentario al respecto, pero no me pude contener. Patricio se sorprendió de que me hubiese animado a hacerlo, es como si hubiese estado en mi interior en todos esos momentos en los que me había auto impuesto el silencio. “No sé por qué lo planteás de esa manera. No es una religión, no se trata de una cuestión de Fe, de creer o no creer. Pasa por si te identificás con eso, si te representa”. Contuve mi indignación y me quedé callada.

No es que uno no pueda celebrar la felicidad del otro cuando no está pasando por un buen momento. Pero hay ciertas cirunstancias en las que nos es difícil festejar y dejar de lado nuestros propios sentimientos. Visitar a alguien que acaba de tener un bebé cuando vos perdiste un embarazo o no podés quedar embarazada, es una de las cosas más difíciles para hacer. En otra escala está el compartir con una pareja que se ama y que tiene el mismo proyecto en común ese gran momento que es el casamiento cuando a vos también te gustaría estar en esa situación… pero a tu pareja no.

Después de 6 meses de relación y con 34 años me pareció que era oportuno hacer “LA” pregunta. El problema es que cuando los dos quieren cosas distintas el momento jamás es oportuno, salvo para darse cuenta de que entonces hay que seguir caminos separados.

La realidad es que el casamiento fue hermoso. Les tocó una tarde espectacular y el paisaje era increíble. La comida era exquisita y la gente te atendía tan pero tan bien que te daban ganas de quedarte a vivir con ellos.

En un momento de la noche me propuse divertirme. Son esos microsegundos de epifanía en los que hacés un “click” y tu actitud cambia completamente. Creo que Patricio tuvo ese mismo momento y creo que los dos necesitábamos dejar de lado todas las charlas densas que habíamos tenído en los últimos meses, y que habían ido formando una gran pared entre nosotros, para poder ver entre los ladrillos esas pequeñas cosas que nos habían enamorado del otro en un primer momento.

Bailamos, comimos, tomamos, nos reímos. Hacía tanto que no nos reíamos que se sintió raro y liberador a la vez. Nos dejamos empapar de ese amor que transmitían los novios y seguimos el ritmo de la fiesta como si tuviéramos 10 años menos y esa fuese una noche de sábado más. Dejamos que pasara el efecto del alcohol para emprender la vuelta. No veíamos la hora de estar solos en el hotel, que no era para nada una pocilga, sino bastante acogedor. Por primera vez en meses no habíamos hablado con reproches ni con doble sentido. Nos habíamos divertido y habíamos vivido el momento con gran intensidad. “Hacía mucho que no me sentía tan viva” le dije, y me contestó con un beso de esos que dicen todo.

Se hicieron las 6 de la mañana, ya estaba amaneciendo. Nos pareció que era un buen momento para volver. Mis pies pedían pantuflas desde hacía rato. Cuando me subí al auto me tuve que conformar con sacarme el vestido de fiesta, que ya estaba muy pegajoso de tanto bailar, y cambiarlo por uno bien cómodo que me había llevado por las dudas.

En el viaje íbamos agarrados de la mano. Él manejaba y yo lo miraba embobada, como si recién lo hubiera conocido. Por un momento fantasié con que la idea de que esa había sido nuestra primera salida y que todo volvía a empezar. Por un momento pensé que si pudiera volver el tiempo atrás no le preguntaría qué pensaba sobre el matrimonio, y así el encantamiento nunca se perdería. Pero sabía que eso era irreal y que, aunque quisiera posponerlo o taparlo, el tema seguía ahí. Latente. Sería bueno enfrentar la realidad otro día y dejar que por lo menos esa noche fuese, por completa, perfecta.

“Uy, uy, uy” dijo Patricio en un momento. Disminuyó la marcha y se fue tirando hacia la banquina hasta que el auto quedó completamente parado. “¿Qué pasa?” Le pregunté. Patricio me miró desconcertado, con una mezcla de sorpresa y vergüenza a la vez “Nos quedamos sin nafta”. Mi primera reacción fue reírme. Era imposible. Si yo siempre lo cargaba por su obsesión por tener el tanque lleno y las gomas infladas. En un viaje de 300 km parábamos como tres veces para chequear el agua y el aceite. ¿Y ahora me estaba diciendo que para hacer menos de 30 km no había calculado bien la nafta? Imposible.

Cuando vi que su cara seguía siendo de preocupación entendí que el problema era real. Y una parte de mi entendió también que no hay problemas que no sean reales: el no querer verlos no los hace desaparecer. Solo, y a veces, podemos postergar el momento de enfrentarlos.

Patricio cortó el teléfono con el seguro y cabizbajo me dijo que tardarían por lo menos una hora en remolcarnos. “No puedo creer que me haya pasado esto, no es propio de mi, perdóname”. “Los dos veníamos en el auto, los dos tendríamos que habernos fijado en eso. No te preocupes” le dije. Ya había decidido descalzarme y aprovechar ese paisaje hermoso para sentarme en el pasto y respirar. Patricio estaba desconcertado, creo que pensaba que después del idilio vendría nuevamente una pelea.

Lo invité a que se sentara conmigo y le dije “Estoy cansada de pelear. Estoy cansada de sentir que te tironeo. Vengo postergando esta conversación porque te amo, y hoy volví a descubrir cuánto. Pero ahora la vida nos está poniendo cara a cara para que por fin hablemos de verdad. El amor y el presente son solo una parte de la relación. ¿Sobre qué futuro vamos a construir para adelante si tenemos objetivos distintos? ¿Sobre tu proyecto? ¿O sobre el mío? ¿Ves qué injusto que suena eso? Ninguno de los dos debería dejar de lado su propia convicción para seguir el proyecto de vida del otro. Intentamos encontrar puntos en común y no pudimos. Eso no habla mal ni de vos ni de mi. Simplemente no es ese nuestro camino. Prefiero dejarte ir antes que insistir en algo que no te identifica y que, si seguimos mi camino, algún día te despiertes sintiendo que estás viviendo el proyecto de otro y me odies por eso.”. Nos miramos un segundo con la mayor de las profundidades y antes de romper en llanto dirigí mi mirada hacia adelante, hacia esa hermosa y pura naturaleza. Patricio miro al frente, puso una mano en su bolsillo y con la otra me abrazó. Apoyé mi cabeza en la de él y así nos quedamos un largo rato mirando el horizonte. Pensando en lo que fue y en lo que vendría.

Un tiempo después me enteraría de que en ese bolsillo tenía el anillo que había pensado en darme solo para hacerme feliz.

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