«El viento que arrasa» de Selva Almada

En el medio de la nada, sumergidos en frustraciones y sudor, se encuentran cuatro personajes que deben convivir durante una jornada. El reverendo Pearson, personaje que parece salido de un cuento de otro país, uno en el que el catolicismo no es la religión oficial, y su hija Lenni deben atender las necesidades de su auto averiado. El destino los lleva hacia el taller del Gringo, un hombre sumergido en el devenir del día a día, acomapañado por Tapioca, un joven que quedó a su cargo varios años atrás.

En un primer momento ninguno quiere estar ahí, aunque, al decir verdad, Lenni parece no querer estar en ningún lugar en particular. Pero la inocencia y curiosidad de Tapioca hacen que se sienta atraído por la predicación de Pearson, y Pearson recobra la fe en la voluntad de Dios, que, le confirma, nos pone justo en el lugar en el que debemos estar.

La descripción de las personas, del paisaje y de la forma de hablar está puesta al servicio de un realismo extremo. Lejos de ser algo esperanzador, desahucia. Con esto no te quiero decir que no leas la novela; la prosa y la poética es brillante. Pero creo que siempre es positivo saber con qué tipo de tono uno se va a encontrar a la hora de leer un libro o incluso de ver una serie o una película. Porque la expectativa representa un gran porcentaje de la experiencia.

El final de la novela me pareció sorprendente aunque sutil. Puede escarpársele a un lector ditraido pero, una si lo leés atentamente, tiene una profundidad mayor de lo que podría imaginarse.

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