«Lecciones de química» de Bonnie Garmus

En mi primer trabajo mi jefe me hablaba sin mirarme a los ojos. Quedaba claro que mi rol, aunque sumamente importante para los ojos de los demás, no era más que un rol menor para los ojos de él. Mi vida, mis pensamientos y mis necesidades no importaban; el trabajo tenía que estar hecho. Siempre digo que ese trabajo me formó en muchos sentidos… pero también me hizo sentir invisible como pocas veces me sentí en mi vida. Es el día de hoy que hay quienes creen que se trató de una gran oportunidad y punto. Pocos saben el dolor que había detrás de eso.

Cuando estudiaba en la Maestría en Comunicación Audiovisual tuvimos una clase de Dirección de Actores en la que había que actuar. Yo hacía de hija un compañero hacía de padre. Otro compañero era el director. El que hacía de director le dijo al que hacía de padre algo al oído que yo no escuché. Cuando empezó de nuevo la representación, el que hizo de padre me empezó a zamarrear; yo quise resistirme y decir que hasta ahí llegaba la actuación, el «juego», pero no me dejaba ni formular las frases; hasta que finalmente me empujó contra el piso, una silla se dio vuelta y yo me lastimé las rodillas y el cuello con la pata de la silla. Si esa pata no hubiera tenido el tapón de plástico, me la clavaba. Tendría que haberlos denunciado a todos, a mis compañeros y a mi profesor porque el ejercicio se había dado en el marco de la facultad, pero por miedo a que tuviera represalias, no lo hice. Lo que es peor: muchos de mis compañeros fueron cómplices de esa situación, quitando importancia a lo que había pasado.

De alguna forma leer «Lecciones de química» me hizo acordar a esas dos situaciones. ¿Todas las mujeres alguna vez fuimos víctimas de una injusticia que por miedo no dimos visibilidad? ¿Todas las mujeres alguna vez nos sentimos ignoradas o menospreciadas por nuestro trabajo? No digo que no suceda lo mismo con los hombres, pero ¡Ay! De la manera brillante en que Bonnie Garmus describe situaciones un millón de veces más graves que las mías te pone de frente con la triste realidad de que muchas veces terminamos aceptando o naturalizando cosas que no deberían suceder. Nunca. A nadie. Sin importar el sexo.

Simplemente la amé a Elizabeth, la protagonista de esta novela. Es sabia, inteligente, brillante, hermosa pero también ingenua, transparente. La vida la endureció pero, así y todo, tiene un corazón cuya mayor fortaleza es creer que todos tienen la capacidad de brillar. No menosprecia, no burla, no subestima. Mad, su hija, es un personaje que perfectamente podría haber sido interpretado por Dakota Fanning cuando era chica: una nena inteligente, tan transparente como su madre, que tuvo la suerte de tenerla como modelo aunque eso no le haya dado una infancia muy normal (todo lo «normal» que puede ser tener un laboratorio de química en lugar de una cocina en su propia casa). Calvin Evans es otro ser adorable. Víctima de un contexto religioso que ponía la moralidad por encima de los verdaderos valores. Un genio que sabía ver a las personas por quiénes eran y deseaba con todo su ser tener una familia.

La novela maneja de manera brillante los flashbacks, la profundidad de las historias de todos los personajes, los ganchos para mantener al lector atento. La forma en la que se entrelazan los hilos que unen a todos los que participan de la historia no hace más que poner de manifiesto la excelente pluma que los creó. La incorporación de la TV se hace de manera armónica y la manera en que la mirada de Elizabeth traspasa la cámara y el lector pasa de estar en el set de filmación con ella a, en el párrafo siguiente, estar sentado al lado de la televidente en su sillón, me pareció impecable y muy original.

La historia detrás de la creación de este libro también hace a la obra. Bonnie empezó a escribirlo desde la bronca un día que volvió indignada a su escritorio después de una reunión de trabajo en la que un colega se adjudicó todas sus ideas y los otros amigos y colegas varones presentes no la apoyaron. Ella sintió que Elizabeth, la protagonista de la novela, le hablaba al oído y le decía «Si vos creés que estás sufriendo discriminación sexual, no te imaginás lo que fue en mi época». La obra se ambienta a fines de los años 50 y principios de los años 60. Una científica a la que discriminan por ser mujer termina trabajando como presentadora de un programa de TV en el que se propone enseñar a las televidentes cómo están compuestos químicamente los alimentos que están preparando para sus familias. Todos los personajes tienen su razón de ser y hasta los villanos más villanos de todos que nunca se reivindican, son naturales y hasta esenciales dentro de la historia.

Acá te dejo algunas de mis citas favoritas del libro:

«Tanto usted como yo sabemos que la alimentación es un catalizador que activa nuestro cerebro, que une a las familias y determina nuestro futuro».

«(…) por haber nacido en una familia no necesariamente te sientes parte de ella.»

«Si hay algo que he aprendido en la vida, Calvin, es que la gente siempre anhela que le resuelvan de forma sencilla la complejidad de sus problemas. Es mucho más fácil tener fe en algo que no se puede ver, tocar, explicar o cambiar que en algo que de hecho sí puedes. – suspiró – Tu propio ser, me refiero.»

«Los seres humanos, advirtió Seisymedia, tenían propensión a complicar demasiado las cosas.»

«Solo se podía ser tan mezquino si antes se había sido víctima de la misma mezquindad».

«(Elizabeth Zott lecciones de vida) no sobre lo que somos o sobre la materia de la que estamos hechos, sino sobre nuestra capacidad para transformarnos».

«Los científicos damos por sentado que el error existe, razón por la cual aceptamos el fracaso».

Si todavía no lo leíste, podés comprarlo en BuscaLibre. Si ya lo leíste y querés recibir en tu mail mi análisis detallado de la novela escribime a imagosta@gmail.com.


Deja un comentario