Cuento: La respuesta es la paciencia

[Como parte de mi juego de escritura colaborativa, el fin de semana pasado lancé en mis historias las 3 preguntas para armar este cuento. Así es cómo Euge280 me dio el nombre del personaje principal (Camila), gise_meme el sentimiento que la mueve (miedo) y teresitaruiz_tagle la palabra clave del título (paciencia). ¡Qué lo disfruten! Y estén atentos que en un rato lanzo en mis historias las 3 preguntas para escribir el cuento del fin de semana que viene.]

Las puertas se cierran y sé que no hay vuelta atrás. «Tranquila, Camila» me digo. Ya estoy demasiado grande para sentir estos miedos, pero los siento igual. Con el traqueteo del avión circulando por la pista siento el impulso de pararme y gritar «¡Quiero bajar!» pero miro a mi alrededor y me imagino que todos pensarían que estoy loca. ¿Qué pasaría después? ¿El avión volvería a la manga de embarque para que yo me baje? ¿O me enchufarían una pastillita para que me calle? Por las dudas, reprimo mis impulsos.

El avión va cada vez más rápido, está listo para el despegue y yo estoy a punto de hiperventilarme: una vez que las ruedas se separen del piso ahí sí que no hay vuelta atrás. ¿Quién me mandó a mí a viajar sola? ¿Por qué no asumiré de una vez esta fobia? Cierro los ojos para poder respirar pero cada vez me siento más agitada. Me agarro fuerte de los apoyabrazos, de un lado siento un sostén metálico pero del otro… ¿una mano? La piel parece muy finita y muy arrugada. Abro los ojos con curiosidad: una viejita está al lado mío mirándome con ternura. «¡Perdón!» le digo mientras saco rápido la mano. ¿Hace cuánto que está esta señora acá? ¿Tan ensimismada estaba que no la había visto antes? «No te preocupes querida. Me llamo Prudencia, ¿y vos?» «Camila». Nos saludamos con un apretón de manos aunque no logro disimular mi estado. «¿Es la primera vez que viajás?» «No, me someto seguido a esta tortura». Prudencia se ríe. «Te aseguro que sos privilegiada por poder viajar». Me siento mal por su comentario y bajo los ojos. «Pero los miedos son irracionales, ¿no?» Levanto la vista de nuevo y me choco otra vez con sus ojos dulces. Asiento. «Yo te voy a decir un secreto, que aprendí hace bastante tiempo ya: el arma más letal para el miedo es la paciencia». «¿La paciencia?». «Sí. Hay muchos miedos que se nos construyen solo en nuestra imaginación. Que no son nuestro presente, son un futuro que ni siquiera sabemos si va a suceder y probablemente nunca suceda de ese modo. No quiere decir que no vayamos a vivir cosas malas, pero seguro no las habremos imaginado antes. Entonces, ¿tiene sentido sufrir por cosas feas que ni siquiera sabemos si van a pasar, perder el tiempo bueno que estamos viviendo en el que efectivamente nada malo está ocurriendo, y quedarnos sin fortaleza por si en algún momento vivimos algo malo que no hubiéramos podido prever?». Intento seguirla en el razonamiento pero estoy abrumada y me cuesta «Supongo que no». «Entonces querida, la clave es la paciencia. Cuando sientas miedo, sé paciente. Esperá a que pase el momento de más vértigo, ese en el que el frío corre por el estómago. Y cuando vuelvas a abrir los ojos registrá lo que sí estás viviendo. Y quedate con lo bueno de lo que efectivamente existe.» Se sacude el avión y abro los ojos. Miro a mi alrededor pero no hay rastros de Prudencia: el asiento que está a mi lado está vacío. Me froto los ojos pensando en lo extraño y real que fue el sueño que acabo de tener, ni hablar de que nunca registré haberme dormido. Veo que una azafata se acerca y le pregunto por la mujer anciana que estaba al lado mío, pero me asegura que ese es el único asiento que quedó vacío al momento del despegue.

Me agarro de los apoyabrazos y esta vez siento la superficie metálica de los dos lados. Un hombre está sentado del otro lado del asiento vacío. Se despierta sobresaltado y mira extrañado el espacio que hay entre nosotros. Me lo señala como si me preguntara algo, yo entiendo y asiento. Sonríe. El capitán avisa que estamos por aterrizar y respiro aliviada. Otro viaje superado y está vez con un aprendizaje que espero me dure a largo plazo. Todavía falta el aterrizaje y, estadísticamente, es uno de los momentos más propensos a los accidentes, pero le hago caso al espíritu de Prudencia, o quien sea que se me haya presentado entre sueños: miro a mi alrededor y todo está bien. «Ahora todo está bien» me digo. Y respiro.

– Fin –

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