«Mi madre, mi novia y yo» una obra de Mechi Bove

El sábado fui al teatro por primera vez en más de dos años. Fue una experiencia hermosa y mientras iba para allá me di cuenta de cuánto extrañaba esa sensación de sentarme en la butaca y entregarme a la experiencia aurática. Mamá es la gran impulsora del teatro en mi vida, junto con Papá. Todavía me acuerdo de Los Miserables en Broadway y El Fantasma de la Ópera en Londres, como de Vivitos y Coleando en Buenos Aires. Me fascinaba pensar que todos nosotros (actores y público) estábamos respirando el mismo aire en el mismo momento. Suena tonto ¿no? ¿Pero acaso no se trata de eso el «aquí y ahora»?

Volviendo a mi primera experiencia teatral en pandemia, fui a ver la obra «Mi madre, mi novia y yo» de Mechi Bove y me acordé de algo que siempre dice mi amiga Ana Benger. Ana es muy ocurrente, es una de las personas que más me hace reír en el mundo, y algo que suele decir es que le gusta tanto El Principito que le hubiera gustado haberlo escrito ella. Algo parecido sentí con la obra de Mechi.

Son tres personajes muy ricos que se comunican con diálogos muy efectivos. Me hizo acordar mucho al humor de la sitcom, así que imagínense lo mucho que me gustó. La acción está completamente sincronizada: cada mirada, cada gesto, cada movimiento está calculado y tiene un sentido. Lo más lindo de todo, y por lo que creo que a cada uno de nosotros le haría bien verla, es que el objetivo principal de la obra desde el minuto cero es que te rías. Que pases un buen momento. Pero ojo, no es de ese humor vacío que se esfuma. Porque en el camino, casi sin darte cuenta, empatizas con todos los puntos de vista de la historia y conectás con recuerdos propios o ajenos, que no es otra cosa que hacer catarsis.

Ver la calle Corrientes tan llena de vida fue como cuando la cigarra le canta al sol después de un año bajo la lluvia, como dice la canción. Así que si solían gustarte esas salidas antes de la pandemia, animáte a retomarlas. A veces no nos damos cuenta de cuánto extrañamos ciertas cosas que en su momento no fueron «esenciales» pero que sí lo son cuando se trata de alimentar y mimar el alma. Y yo que vos me voy derechito a la Pablo Picasso del Paseo La Plaza.

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