Cuento: “Cu-cú”

[Este cuento forma parte de #CuentoConVosVol2, la segunda edición de la iniciativa literaria que el año pasado me llevó a publicar mi primer libro de ficción. Esta vez el disparador me lo dio @maricalzetti. Espero que lo disfruten.]

“Cu-cú”. El sonido es claro y me despierta… una vez más. Van seis de siete días esta semana. Me levanto sobresaltada y miro para todos lados. Vuelvo a chequear si el sonido viene desde el celular. Pero no. El celular está mudo como el resto de la ciudad. Son las 6 de la mañana y el sonido es más puntual y efectivo de lo que jamás fue ninguna alarma que me haya puesto.

Me levanto porque ya sé que no me voy a poder volver a dormir. Me pongo el buzo de polar y voy hasta la cocina. Pongo la cápsula en la cafetera, aprieto el botón, pero me olvido de la taza… otra vez. La ballerina manchada de café me vuelve a pasar factura, y mi billetera se agarra la cabeza al ver otra cápsula desperdiciada.

“¿Es como una rana?” “¿Una rana? ¿La rana no croa?” “Digo por la canción “Cu-cú cantaba la rana”… esa le cantan a Tomi en el jardín”. Mi amiga madre piensa que es verdad que hay fantasía por todos lados. Pero no. Mi “cu-cú” no es de ninguna rana, es metálico y me sobresalta.

Otro día que transcurre en modo zombie. Esto de madrugar, y encima sin ninguna razón lógica, no es para mí. Me preparo para la cena en lo de Miriam, la realidad es que tengo pocas ganas de interactuar con gente, pero tampoco quiero irme a dormir sabiendo que el “cu-cú” me va a sobresaltar de nuevo.

El comedor de la casa de Miriam es hermoso: grande, amplio, lleno de esos muebles que pueden durar toda la vida. Me sirvo una copa de vino y recorro la sala, mientras escucho de fondo conversaciones que mucho no me interesan. Mirar las fotos y los adornos es una buena excusa para no hablar con nadie sin quedar como un maleducado como cuando mirás el celular. En eso me llama la atención una casita chiquita de madera colgada en una de las paredes. La miro más de cerca. El nivel de detalle de su decoración denota un gran trabajo artesanal. En lugar de una tiene dos puertitas, con una especie de riel que las conecta. Y entre ellas está pintado un cantero con flores rojas. En el techo de la casita hay un reloj. Las agujas se encuentran. “Cu-cú” me sobresalta el mismo sonido que fue mi despertador obligado la última semana. Pero esta vez no lo imagino: viene de adentro de la casita. Y de ella salen dos personitas, también de madera, un hombrecito y una mujer que se encuentran en el medio para abrazarse. Me quedo perpleja. Se ve que mi sobresalto causó risa en el resto de los comensales porque Miriam se acerca para saber si estoy bien. “¿Nunca habías visto un reloj cu-cú?”. ¿Cómo explicarle que de alguna forma soñé con ese mismo sonido, sin antes conocerlo, durante varios días seguidos. “La verdad que no” le respondo. “Era de mi abuela, lo mandamos a arreglar hace poquito. De hecho hace una semana que está funcionando recién. Lo teníamos medio olvidado.” Miriam se aleja dando por cerrado el tema. Imagino que no piensa que haya mucho más detrás de esa historia.

Durante toda la cena me quedo tildada mirando ese reloj con el que me une una conexión que todavía no termino de entender. Esa noche no puedo dormir. Tengo la certera sensación de que una vez más me voy a despertar, inexplicablemente, a la madrugada sobresaltada. Pasan los días y el “cu-cú” sigue siendo mi despertador. Hasta entender cabalmente qué está pasando, decido tener cierto control sobre la situación: me acuesto más temprano para tener suficientes horas de sueño. Por lo menos el resto del día no estoy tan zombie. Y ahora que sé el origen del sonido, ahora que puedo acompañarlo en mi cabeza de una imagen, no me sobresalta tanto.

Pasan las semanas y los meses, y el “cu-cú” ya forma parte de mi vida. Por ese tiempo conozco a Benjamín. Es la primera vez en mucho tiempo que me siento cómoda con un hombre. Después de algunas cenas y salidas, finalmente me animo a invitarlo a mi casa. Al día siguiente amanezco diferente. Son las 7 y me doy cuenta de que el “cu-cú” no me despertó. Así como al principio me parecía rara su presencia, ahora me extraña no tenerlo.

Pasan los días y el “cu-cú” sigue sin aparecer. Busco una excusa y voy a lo de Miriam. Recorro la sala pero no lo encuentro. Fingiendo indiferencia le lanzo la pregunta: “¿y el reloj de tu abuela?”. “Rarísimo lo que pasó”. Me cuenta entonces que unos días atrás el reloj sonó por última vez y se quedó trabado, justo en el momento en que las dos personitas de madera se estaban abrazando. Intentó darle cuerda, destrabarlos, separarlos, pero nada funcionó. Lo tuvo que llevar entonces a arreglar otra vez.

Vuelvo a casa absorta en mis pensamientos. Hay ciertos momentos mágicos en la vida en que una se siente chiquita e importante a la vez. Chiquita porque hay algo más grande que evidentemente nos guía. Pero importante porque “eso” más grande se ocupa de mandarme mensajes a mí. Llego a casa y Benjamín me está esperando con un té recién preparado. Lo miro y sonrío pensando en esas dos personitas de madera que ya nadie puede separar. “Supongo que entonces este es el camino” pienso y cierro la puerta tras de mí.

– Fin –

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