Relato de Boston

Parte 1

A fines del 2012 defendí mi tesis de Lic. en Letras. Y en el 2013 decidí dejar el trabajo que tenía como Asistente de Presidencia del Diario La Nación para hacer esa experiencia de estudiar afuera que siempre había rondado mi cabeza. Sabía dos cosas: que no me quería ir mucho tiempo y que quería tomar algún curso sobre sitcoms en la meca del género que es los EEUU.

Me metí de lleno a estudiar inglés para rendir el Toefl, ese examen de idioma que te piden para poder cursar allá. Mi meta era llegar a tener 100 sobre 120 porque era lo que pedían en Yale. Rendí el examen dos veces, una en Rosario y la otra en Mar del Plata. En la primera saqué 92 y en la segunda 95 🤪 Pero el destino quiso que buscando otras opciones de universidades encontrara un curso que daban en la Boston University que me iba a servir mucho más que el de Yale porque no era solo teórico sino también práctico. A los 2 meses tendría escrito mi primer episodio de sitcom en inglés 🙌

¿Estudiar afuera tuvo todo el glamour que siempre me imaginé? Si me guío por mi primera noche en el campus definitivamente no. Llegar un domingo de verano, antes de que empezara el Summer Term, no fue una buena decisión. Del aeropuerto me fui directo a la universidad. Tardaron un rato en darme las llaves de mi dorm, y mientras tanto se iba yendo la tarde. Nunca me voy a olvidar de la desolación del cuarto cuando entré. La arquitectura del edificio era hermosa pero lo único que vi ese día en la habitación fue un montón de muebles arrumbados y una cama completamente desnuda. Recién entonces supe que tenía que comprarme mis propias sábanas.

Estaba super cansada después de las 17 hs de vuelo (con escala) pero me dispuse a caminar hasta el Bed&Beyond que en teoría estaba cerca del campus para comprar ropa de cama y toallas. Nunca lo encontré. Cayó la noche, las esquinas estaban vacías. Lo único familiar que descubrí alrededor fue la M dorada. Todavía me acuerdo de ese Cuarto de Libra con queso que comí en un banco de la calle mientras pensaba “¿Dónde me metí? ¿Así de solitarios van a ser estos dos meses que quedan por delante?”.

Por suerte no sería así. Si querés, mañana te cuento más.

Parte 2

Cuando volví a mi dorm ya era de noche. No tenía ni las sábanas ni las toallas que había pensado comprar, así que entré con la convicción de que tendría que arreglarme con lo que había llevado en la valija. Siempre me gustaron los pañuelos grandes y las chalinas, fue una suerte que me hubiera llevado muchos de esos al viaje: uno fue mi sábana, otro mi acolchado y con otra intenté secarme después de ducharme (sí, intenté).

Cuando llegué también me sorprendió ver que la habitación seguía casi igual de vacía que antes: ninguna de mis dos roomates había llegado todavía, pero había una valija abandonada al lado de una cama. Me resultó muy extraño porque al otro día ya empezábamos a cursar, ¿a qué hora pensaban llegar? ¿quiénes serían? Me di cuenta entonces del vértigo que me daba compartir de golpe el cuarto con dos completas desconocidas. Me fui a dormir con la sensación de que en cualquier momento de la noche podría entrar alguien a adueñarse de esas dos camas que quedaban libres.

Al otro día cuando me desperté (envuelta entre mis pañuelos) todavía estaba sola. No había persianas así que la luz del sol de verano me dio de lleno en la cara. Esa sería una de las cosas a las que más tardaría en acostumbrarme. Fue un rato después cuando conocí a Ela, mi roomate. La única. Resultó ser que teníamos un enorme cuarto solo para nosotras dos. Ya desde el vamos descubrí que era una chica muy inteligente: había llegado antes que yo el día anterior y, cuando vio que no estaba equipado, en lugar de merodear en busca de ropa blanca (como yo) se había ido directo a pasar la noche a un hotel.

Ela tenía 23 años, era de Turquía y era Psicóloga. Al igual que para mí, Boston University no había sido su Plan A: ella apuntaba a Harvard. Me acuerdo su emoción cuando fuimos un día junto con otras compañeras a visitar ese emblemático campus que estaba ahí nomás, del otro lado del río. Pero así y todo las dos coincidíamos en que agradecíamos que nuestros planes principales no se hubieran dado porque eso nos permitió conocernos. Es muy loco cómo pequeñas decisiones nos llevan a determinados momentos que si alguna de las piezas hubiera sido distinta no se hubieran dado. Y así logramos conocer gente que después guardás en tu corazón para siempre.

Ese mismo día, después de la charla de orientación para alumnos extranjeros, me fui al Bed&Beyond que esta vez sí apareció en mi camino. Arrastré grandes bolsas desde el local hasta mi dorm y por fin pude equipar mi cuarto. Todo se veía distinto con la luz del sol, con haberle puesto cara a mi roomate y con empezar a hacer más real mi experiencia de estar allá. Pero fue una cara muy conocida la que terminó de hacerme sentir como en casa. Si querés, mañana te cuento de quién se trata.

Parte 3

Cursar en EEUU dos materias que me encantaban (Musicales de Hollywood y Escritura de sitcoms) fue un sueño, definitivamente. Pero esos dos meses me alcanzaron para tener la experiencia y el conocimiento que quería. Mis compañeros (todos yanquis) eran super fríos, con ninguno de ellos pude interactuar más allá de las clases. Todas las amigas que me hice allá eran extranjeras. Y mi mejor amiga, por lejos, fue Ela. “Es cero invasiva pero buena onda” le conté a mi amiga Anto después de conocerla. Escribiendo esta historia me puse a releer esos mails (las cartas del siglo XXI) y reconocí que las emociones que me acuerdo son las mismas que sentí en ese momento.

Pero más allá de las personas que el destino me puso en el camino, a los 4 días de haber llegado a Boston, a 4 días de esa noche solitaria, apareció mi hermana. Vinieron en auto con mi cuñado desde Washington DC solo para verme a mí. Y entonces, en ese abrazo, en ese mostrarle mi dorm, mi roomate, mi nuevo espacio, todo se hizo más real y familiar. Es incríble cómo Lau encuentra siempre la manera de demostrarme que no estoy sola, no importa dónde estemos las dos. Solo entonces pude entender, a mucha menor escala, lo que ella debe haber sentido cuando se fue a vivir sola a NY en el 2010. Y las noches que debe haber pasado sintiendo lo que yo sentí en ese primer encontronazo. Seguramente por eso debe haber querido estar cerca mío en el aterrizaje a mi nueva experiencia. Porque eso es lo que hacen las buenas hermanas mayores: usar su experiencia para anticiparse y cuidarnos a los que venimos detrás. Creo que nunca le agradecí lo suficiente por esa mano que me tendió siempre. Acá va este agradecimiento para ella. Y al que esté leyendo le pido: ya basta con los comentarios negativos sobre la llegada de un nuevo hermanito. Tendrán celos, sí. Se pelearán, sí. Pero también se van a conocer como nadie y se van a acompañar toda la vida.

Cerca del 20 de julio mi experiencia en Boston terminó de hacerse real cuando Seba me visitó, medio improvisadamente, por unos días. Fuimos a Cape Cod, visitamos a mi amiga Lu en NY y recorrimos juntos todo Boston. Y sí, al fin de cuentas ese momento solitario en el banco de la calle fue solo eso… un momento.

Los cursos de Boston University fueron muy exigentes. Me la pasé estudiando, escribiendo, borrando, corrigiendo. Se imaginarán que con mi espíritu nerd eso significó pasarla bomba. Cuando terminé de cursar esta vez fui yo a visitar a mi hermana en DC. Me acuerdo de charlar mucho sobre qué haría cuando volviera a Buenos Aires. Ya escribía para el Diario La Nación y para la revista Nubilis, pero tenía que buscar un trabajo de más horas. No tenía idea de todas las aventuras que me esperaban en casa. Sobre ellas ya les contaré… algún día.

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