Cuento: “La señal del Jacarandá”

[Este cuento forma parte de mi iniciativa literaria #ContemosJuntos y es el primero del 2021. El nombre del personaje principal lo eligió @fluirencolores; el sentimiento que la mueve me lo sopló @valenmuda; y la palabra clave del título me la dijo @nataliaalmasia. La pregunta sorpresa de esta entrega fue “¿en qué estación del año transcurre la historia?” Y la primera en responder fue @petydeleo.]

¿Alguna vez se vieron de frente a la incertidumbre de la vida pidiendo por alguna señal? ¿Será esa parte espiritual de nosotros que reconoce nuestras limitaciones y nos empuja a pensar que alguien más toma las decisiones finales en el abismo del universo?

Era otoño en Buenos Aires y entre las sandalias de Martina ya se colaban las hojas secas y marrones que empezaban a caer de los árboles. En su cabeza rondaban muchos pensamientos, entre ellos que ya sería hora de que sus zapatos acompañaran el cambio de estación. “Otra vez las zapatillas”. “Otra vez el encierro de sus pies”, pensó. Un frío corrió por su cuerpo.

Sabía que tenía que apurarse, pero su cuerpo se movía de manera pausada. Algo la distrajo de sus sandalias. Junto a una puerta de rejas negras abierta por una sola hoja, un gran cartel con pie de hierro tenía la frase “Te estamos esperando”. Martina miró para todos lados. Esa parecía ser una invitación a pasar, pero no había nadie cerca que pudiera recibirla. Solo ella. Le pareció raro que el cartel no tuviera más información. ¿Se trataba de un evento? ¿De qué? ¿Para quién?

Martina se asomó un poco e intentó ver si alguien de adentro podía darle más información, pero tampoco parecía haber nadie en la recepción. Sacó el celular del bolsillo para ver la hora, casi como si lo tuviera que hacer por obligación. Estaba llegando tarde pero no tenía ninguna intención de irse de ahí. La curiosidad ya estaba germinando.

Volvió a mirar a los costados, atravesó la reja y subió las escaleras de mármol. Una gran puerta pintada de verde inglés estaba también abierta por una sola hoja, pero nadie parecía estar del otro lado. Miró para atrás para corroborar que no se hubiera equivocado con la información que figuraba en el cartel, cuando escuchó una voz detrás que le repetía la misma frase “Te estamos esperando”.

Una señora de sonrisa cálida y traje de Chanel le dio la bienvenida a la embajada. ¿Embajada? “Sí, hoy es el día en que los embajadores reciben a los visitantes para mostrarles su casa y sus costumbres”. Le contestó la señora con un español un tanto acartonado y con el discurso aprendido de memoria. Después le pidió que la siguiera. Martina no alcanzó a escuchar el nombre del país al que representaba, pero no quiso volver a preguntar por miedo a que se ofendiera. La realidad es que también la avergonzaba un poco no saber ni dónde estaba, y haberse dejado llevar por la curiosidad en plena jornada laboral como si fuese una turista sin obligaciones, cuando en realidad tenía un trabajo en el que debía estar en ese momento por más de que tanto odiara.

Martina miraba para todos lados con los ojos bien abiertos. Nunca antes había estado en un lugar tan imponente, salvo por la vez que había visitado el Museo de Arte de Buenos Aires. Pero lo que ahora más la impactaba era ver el lujo con el que alguien podía vivir todos los días.

La señora la llevó hasta una sala amplia en la que se exponían distintos objetos característicos del país acompañados por una breve descripción. Una chica entregaba folletos y unas 10 personas estaban haciendo el recorrido. Mientras Martina analizaba cada cosa como si fuese la más fiel admiradora de ese país, se encontró con un jarrón. Tenía boca angosta y cuerpo ancho. Predominaba el color negro pero también se colaban el marrón y el violeta oscuro. Al lado de él había una lapicera y un block de hojas cuadradas y chiquitas. “Deseos” le dijo la voz que le había dado la bienvenida un rato antes. Martina se dio vuelta y miró a la mujer como esperando que le diera más información. “En las hojas se escriben deseos y en la vasija se depositan. Se depositan con la mano izquierda.” Aclaró “La mano del corazón”. Martina esperó a que se fuera la mujer y entonces lo escribió. Ese deseo que se sabía de memoria pero que ponía en palabras por primera vez. Dobló bien el papel y con mucha firmeza lo tiró en el jarrón. A ella, que nunca creía en nada, algo le decía que esta vez tenía que creer.

La mujer volvió a acercarse. “Se va a cumplir…” empezó diciendo y a Martina la invadió la emoción “…cuando florezca el jacarandá”. Martina recordó de golpe las hojas secas en sus sandalias que marcaban el comienzo de la estación en que, lejos de florecer, los árboles van quedándose pelados. Su emoción se cayó a pique. De golpe se sintió absurda en un espacio donde no debía estar, creyendo en una fuerza cósmica en la que nunca había creído, y descuidando aquello que era real y tangible: su trabajo. Le sonrió con cordialidad a la mujer, miró la hora en su celular como para justificar su partida y salió rápido de ese lugar que sin saber por qué tanto la había atraído.

Su emoción exagerada le había hecho pensar en cuán desesperada estaba por encontrar la forma de llegar a eso que tanto anhelaba, y cuán poco la motivaba su trabajo para haberse dejado llevar por algo tan ínfimo aunque eso pusiera en riesgo su puesto. Durante unos días se dedicó a pensar, a idear, a poner en palabras todo lo que le gustaría cambiar en su día a día y las formas en que podría hacerlo. Había vuelto a escribir su deseo en un papel, pero esta vez no lo había hecho a escondidas: lo tenía escrito con letra grande y pegado en la heladera.

Un día sin darse cuenta volvió a pasar por la embajada. Se quedó un rato mirando la puerta verde que ahora estaba cerrada tras las rejas. “¿Se cumplió tu deseo?” escuchó decir con esa voz cálida que había conocido unos días atrás. Martina miró a la señora confundida. “¿No era que los deseos se cumplían en primavera?”. La señora se rio y le señaló el jacarandá que estaba en la puerta de la embajada, completamente florecido. “Los jacarandás florecen en primavera, pero también en otoño”. Martina sonrió con ternura. Esa era la señal que necesitaba y, sin embargo, llegaba cuando ella misma ya había hecho realidad su propio deseo. ¿Era el florecimiento del jacarandá lo que le había dado el impulso para concretar su proyecto? ¿O había sido ella que en la desilusión había encontrado la fuerza? A veces nos apoyamos en señales para sentir que no estamos solos, cuando en realidad nada puede impulsarnos tanto como la propia voz interior.

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