Cuento: “Cuando un grande se vuelve pequeño”

[Este cuento lo escribí en el marco de mi iniciativa literaria #ContáConmigo en base a una anécdota que me confiaron Mercedes Capellino y Bruno De Ambrosi.]

Con solo 9 años, Bruno era un fiel fanático de Mafalda. Lo primero que lo acercó a ella fue su sueño de ser ilustrador. Se podría decir que Mafalda le entró por los ojos, luego se colaría en su pensamiento filosófico y más adelante en su entendimiento político. La cosmovisión del “Bruno adulto” sería un reflejo de ese universo que Quino había creado tantas décadas antes.

Corrían los años 80 y con sus compañeros de colegio, Bruno había formado un club: cada uno de los integrantes representaba un personaje de la tira de Mafalda. Como no había personajes para todos, tuvieron que inventar algunos nuevos. El espíritu del club era intercambiar dibujos, chistes y libros. Mientras daban vida al mundo de Susanita, Felipe, Manolito, Libertad, Guille, Miguelito y la propia Mafalda, los amigos se preguntaban por qué Quino había decidido dejar de crear historias sobre ellos. Si los problemas en el mundo seguían existiendo y los protagonistas tenían todavía mucho para decir.

Bruno hizo lo que hacen todos los niños: llevar su pregunta a quien, para ellos, todo lo sabe. Pero esta vez su papá no tenía la respuesta. “¿Y te parece que le escriba una carta?”. Tanto Bruno como su padre pensaban que esto sería como arrojar palabras al vacío. Pero, después de todo, no perdían nada intentándolo. Por ese entonces Joaquín Salvador Lavado, o mejor dicho, Quino, publicaba sus tiras en Clarín así que la dirección de ese diario fue la que figuró en el sobre que llevaba la carta de Bruno escrita de puño y letra. El niño le explicó al dibujante lo significativa que era Mafalda en su vida y le preguntó si no cabía la posibilidad de que retomara a dibujarla porque, por si él no lo había notado, todavía el personaje “daba para mucho más”. Así Bruno dejó ir sus palabras pensando que nunca iban a ser respondidas. Pero se equivocaba.

Era un día como cualquier otro en la casa de Bruno. Mientras estaba haciendo su tarea sonó el teléfono, ese de línea que tanto escaseaba por entonces. Bruno la vio venir a su mamá pálida y demudada “Es Quino, en el teléfono. Quiere hablar con vos.” Ya todos en la familia sabían de la devoción del niño por Mafalda, del club que había fundado con sus amigos y de la carta que le había escrito al dibujante. Así que, lo primero que pensó Bruno, era que la mamá le estaba haciendo una broma. Pero cuando tomó el tubo del teléfono escuchó del otro lado a quien, con mucha humildad, se presentaba como el padre de Mafalda. 

Bruno no pudo registrar textualmente la sucesión de palabras. Sabe que después de presentarse Quino le agradeció las palabras de su carta y le explicó por qué había decido no seguir dibujando a Mafalda. No puede asegurar qué le dijo ni cómo se lo dijo. Pero la emoción de ver cómo alguien tan grande se había hecho tan pequeño solo para darle a él las explicaciones que le había pedido, no se le borró ni se le va a borrar nunca. Ni siquiera cuando 15 años después le pidió su autógrafo en la Feria del Libro. Ni siquiera cuando casi 40 años después lloró, como millones de personas alrededor del mundo, su muerte. 

Y es que a todos nos gusta sentirnos especiales. Y a todos los que dejamos entrar a Mafalda en nuestras vidas nos parece que ella es una integrante más de nuestras familias. Son sensaciones que podemos tener con muchísimos personajes de ficción, en todos los formatos y de todas las especies. Pero probablemente con los personajes de Quino sean de los pocos que eso se transforma en verdad. Porque no solo nos dejó sus obras, sino también estas pequeñas historias en las que nos demostró que él puso su mayor don al servicio de todos. Y ningún ego pudo opacarle jamás la importancia que le daba a lo que cada persona, grande o pequeña, le preguntara.

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