Cuentos de invierno – “El hilo invisible”

Había algo de ese lugar que siempre me hacía sentir cómoda. Era casi como si estuviera en casa, o hasta a veces, mejor. El silencio que nadie osa romper, la paz que todos necesitamos. Aunque no hable con nadie me siento acompañada. Aunque no haga nada en especial me siento renovada. Aunque no me desahogue, cuando me voy, me siento más liviana.

Todos los domingos antes de que empezara la misa de las 11 buscaba a esa anciana que parecía una estatua más de la iglesia. De vez en cuando nos saludábamos con un movimiento leve de cabeza. A veces estábamos tan compenetradas en los pensamientos de cada una que no nos comunicábamos, aunque sabíamos que estábamos cerca. Y con eso bastaba.

Una vez no la ví y me inquieté. Ya estaba por empezar la misa y seguía sin aparecer. Miré frenéticamente para todos lados esperando que un cambio de ropa me hubiera hecho no verla. Pero la misa empezó, siguió y terminó y la anciana nunca apareció. No pude prestar atención a nada de lo que se dijo. Mientras la gente se iba disipando, volví a mirar con frenetismo pero ya con menos ilusión que al principio. Era un hecho: por primera vez en 5 años había pasado la primera misa sola.

Entré a casa pensando qué le podría haber pasado. Intenté no inquietarme, aunque fuese raro podía haber tenido un imprevisto. Pero ya al tercer domingo sin verla me fue inevitable pensar lo peor. Me di cuenta de hasta qué punto había forjado una relación importante para mí sin, casi, haber dicho ni una palabra.

Un domingo, cuando terminó la misa, me pareció ver su mirada pero en una mujer muchísimo más jóven. ¿Sería su hija? Estuve toda la hora observándola, analizando sus rasgos para ver si se parecían realmente a los de la anciana que tanto extrañaba. Se ve que no fui muy disimulada porque la mujer se impacientó tanto que cambió de lugar. Cuando terminó la misa no pude contenerme, tenía que saber si realmente ellas estaban emparentadas y qué había pasado con mi amiga anciana. ¿Pero cómo empezar una conversación sin ningún dato concreto? No sabía ni siquiera su nombre. Cuando me acerqué a ella se sobresaltó. Intenté ser lo más rápida posible, pero me ganó de mano “Ni se te ocurra preguntarme por mi mamá” me dijo.

Me quedé helada, no supe qué responder. La mujer se fue rápido aprovechando mi estado de petrificación. No entendía nada de lo que había pasado, ¿pero entonces ella era la hija de mi amiga anciana? ¿Y por qué estaba tan enojada conmigo si yo ni siquiera la conocía?

Decidí quedarme un rato en la Iglesia, cuando ya todos se habían ido. Intentaba recuperar algo de la paz que, sin explicar por qué, no había logrado encontrar desde que mi compañera de misa había desaparecido. El cura se acercó y me preguntó si necesitaba algo. Me pareció que no perdía nada contándole mi historia, después de todo era una conexión espiritual la que tenía con esa persona y él sin dudas tendría que entender de eso. “¿Vos te referís a Marta? ¿La señora de la cartera celeste?” “¡Sí! ¡Esa!” le dije riéndome, recordando con cariño ese detalle en el que tantas veces había reparado. “Marta está muy comprometida con nosotros, de hecho quiso hacer una donación muy generosa. Pero un familiar de ella no se lo permitió.”. Debe ser esa mujer, pensé. Sin dudas era bastante asquerosa. “¿Y por qué no viene más a misa?”. “Fui a verla a la casa la vez que me dijo que tenía algo importante para decirme. Pero una mujer que estaba ahí con ella, no pude saber bien qué relación tenía, se enojó tanto con la situación que el disgusto de Marta fue enorme. Ahí mismo se desvaneció. Me quedé hasta que volvió en sí, pero después entendí que ya no era bienvenido. Desde entonces no la volví a ver”.

Entonces sentí como propia una misión a la que nadie me había llamado. Pero, ¿no es que por algo Dios nos pone en el camino de los demás? ¿No debemos, de vez en cuando, interpelarnos y preguntarnos si realmente está en nuestras manos hacer la diferencia? Tantas misas compartidas con esa anciana me habían hecho saber lo importante que era para ella ese espacio y ese lugar. En el fondo quería creer que también era importante el vínculo invisible que habíamos forjado entre nosotras.

Le pedí al cura la dirección de su casa y ahí me dirigí. Lamentablemente, quien me abrió la puerta no fue ella sino su desagradable hija. “Sabía que no te ibas a poder quedar en el molde” ¿qué tenía esta mujer contra mí?

Estaba a punto de responderle, esta vez no me había agarrado tan desprevenida. Pero entonces vi a mi amiga Marta aparecer por el pasillo y la alegría pasó a primer plano. Tardó en reconocerme, pero cuando lo hizo, nos dimos un abrazo tan profundo como si nos conociéramos realmente de toda la vida. La hija nos juzgaba atentamente y su impaciencia hizo que nuestro abrazo durara menos de lo que hubiéramos querido.

Marta me invitó a pasar, la hija respondió con un resoplido. “¡Qué lindo verte! ¿Qué te pasó?” le dije cuando ya estábamos sentadas frente a la taza de té. Marta bajó la mirada “Querida, me da mucha vergüenza volver. Yo le prometí al padre una donación que no voy a poder hacer”. Su mirada se volvió tímidamente hacia su hija que la miraba con atención. Parecía como si estuviera analizando cada palabra que salía de su boca. Por un momento sentí como si estuviéramos en un juicio, en el que Marta era la testigo y su hija la abogada que buscaba minimizar los daños de sus declaraciones.

“Eso es lo de menos, Marta, el padre solo quiere volver a verte ahí. Hoy me lo dijo cuando hablamos”. Vi cómo a mi amiga anciana se le iluminaba la cara. Podía imaginarme perfectamente cuánto habría extrañado ese espacio, porque yo misma había comenzado a depender cada vez más de él. “Mamá tiene otras prioridades ahora” interrumpió la hija con una mirada penetrante. Hubiera deseado con todo mi ser que ella no estuviera ahí, haber podido hablar con Marta con soltura sin su mirada juzgadora. “¿Estás bien?” le pregunté entonces a mi amiga. “No, no está bien” me respondió su hija. Su intromisión ya empezaba a perturbarme demasiado. Extrañaba más que nunca el lenguaje de señas con el que nos comunicábamos con Marta en misa sin necesidad de nadie que intermediara en nada. “Hija, no te preocupes, puedo hablar por mí” dijo por fin. “Es cierto, estoy delicada de salud. Por eso quería dejar todo en regla, por eso quería dejarle a la Parroquia y dejarte a vos…” “¿A mí?” le pregunté sorprendida. “Pero Marta no hay nada que me tengas que dejar a mí”. La hija levantó la vista, “¿Ah, entonces esta no sabe nada?” le preguntó a su mamá casi con tono de reproche. Marta agachó una vez más su mirada.

Me fui de la casa de Marta con más preguntas que respuestas. En esos 5 años había creído que mi conexión con ella se basaba únicamente en un hilo invisible, de esos que te conectan con los demás sin ninguna razón aparente. Pero en mi visita improvisada descubrí que había mucho más atrás de esa relación que habíamos forjado de una manera, que solo en apariencia, había sido espontánea.

En lugar de ir a mi casa me fui directo para lo de mamá. ¿Y si lo que me habían dicho era verdad? Tenía que verle la cara cuando se lo preguntara.

Se sorprendió al verme ahí, en su noche de cartas con amigas, pero me dio uno de esos efusivos abrazos tan característicos de ella. De golpe me acordé de mi abrazo con Marta y todo ese momento cobró un nuevo significado. La llevé a su cuarto para hablar sin que sus amigas escucharan. Sabía que no era el mejor momento, pero me tenía que sacar urgente la duda de mi sistema. “Marta… Martita” me dijo con cariño “Claro que es verdad hija, todo lo que esa mujer diga es verdad. No hay en ella una pizca de engaño”. OK, todo estaba saliendo muy distinto a cómo lo había pensado. Mamá no solo no se sorprendió por mi pregunta, sino que tampoco negó nada de lo que le estuviera diciendo. Su calma y el amor que profesaba por Marta me confundían tanto que no pude contener mi exasperación. “Tenés que entender que así lo quiso tu papá, yo no pude hacer nada al respecto”. “¿Pero por qué la echó de su vida? ¿Qué es lo que pasó?”. “Ellos se querían mucho, de hecho ella es tu verdadera madrina de bautismo, no Tati. A Tati la elegimos de palabra una vez que ella se borró de nuestras vidas. Antes de que cumplieras dos años tu abuelo falleció y ahí empezaron los problemas.” Me rehusaba a pensar que una persona tan espiritual como Marta hubiera podido dejarse llevar por cuestiones materiales aunque eso conllevara alejarse de su propio hermano y de su familia.

Me llevé de lo de mamá varios álbums de fotos en los que nunca había reparado hasta entonces. Ya en casa encontré una foto de mi bautismo, yo estaba a upa de Marta. Me sorprendió la forma en que nuestro lazo espiritual había encontrado el modo de forjarse igual. Encontré otra foto en la que yo, con dos años, abrazaba a otra nena que parecía un par de años mayor. A simple vista no la podía reconocer, pero cuando miré un poco más detenidamente me di cuenta de que se trataba de la hija de Marta. De mi prima. La prima que nunca había tenido y que ni siquiera recordaba tener. ¿Sería por eso que ella me hablaba con tanta familiaridad? ¿Ella sí se acordaba de mí? Adentro mío surgió la necesidad de no volverla a perder.

Al día siguiente toqué la puerta de la casa de Marta, esta vez con la sensación de que me encontraba en territorio familiar. Cuando me recibió su hija quebré su enojo con un abrazo y la descoloqué. “Hola prima” le dije. Era la primera vez en mi vida adulta que me refería a alguien con ese sustantivo. Ella no supo cómo reaccionar. Se notaba que era más fácil proteger sus propios sentimientos con el enojo.

Cuando me volví a sentar junto con Marta, su hija y sus tazas de té, les dije todo lo que había estado pensando. “No sé qué pasó entre vos y papá. Me da lástima que se hayan perdido como hermanos. Pero yo no quiero perderlas a ustedes. Sin saberlo forjé con vos un lazo que no podía explicar pero que me llenaba mi experiencia espiritual. Y ahora que recuperé a mi prima, esa primera amiga de la infancia, no quiero perderla. Hay mucho tiempo que recuperar juntas”.

Marta se largó a llorar. Me contó cómo sufrió la diferencia que sus papás habían hecho entre ella y su hermano, mi papá. Cómo se castigó por no haber sido más justa por lo menos ella con él. Y hasta qué punto la había dañado la forma en que se habían generado sus vínculos que no había querido que su hija tuviera un hermano con quien pudiera lastimarse así. “En el fondo, siempre supe que la única persona que podía ser como una hermana para ella eras vos”.

El domingo siguiente fuimos a misa. Esta vez juntas, las tres. Mamá hacía rato que no se acercaba a ningún templo. Me podría haber concentrado en la parte de mi vida que se me había ocultado. Podría haberme quedado en el reproche, pero no. Elegí agradecer que la vida me daba la oportunidad de recuperar vínculos fuertes y perdidos. Seguía creyendo que había un hilo inivisible entre nosotras. Nada más que ahora podía ponerle un nombre que lo fortalecía todavía más.

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