Cuentos de invierno – “El aire de mar”

Entré a una casa vacía pero llena de recuerdos. Solo llevaba un bolso mediano, con las pocas cosas que había llegado a guardar de esa vida que dejaba atrás. Pero no me importaba. Me acordé de golpe de todas esas veces que había viajado a otra ciudad con un equipaje completo, el que había preparado durante días, para el que había escrito listas y listitas, e igualmente siempre que llegaba a destino tenía la sensación de que me había olvidado de algo, de que algo más me faltaba. En cambio ahora, que ni siquiera sabía con certeza qué había traído y qué no, sentía que no necesitaba nada más.

El olor a humedad era tan fuerte que, a pesar de que era pleno julio, dejé rápido el bolso en el piso para abrir todos los ventanales del living y ventilar. Una gran bocanada de aire frío y marino inundó cada rincón de la casa. Respiré hondo como si fuese la primera vez que lo hacía en mi vida. Cuando abrí la última ventana me quedé apoyada un largo rato mirando el mar. Las nubes tenían todas las tonalidades de grises. No sabía decir si la tormenta estaba por llegar o si se estaba alejando. Las olas del mar golpeaban fuertemente contra la orilla pero, cuando alejaba mi mirada hacia el mar adentro, podía ver calma. ¿Sería todo una cuestión de percepción? ¿También en mi propia vida que las olas rompieran en una parte no significaba que no pudiera haber paz en otras?

Después de tantos meses de vivir aturdida tenía, por fin, todo el tiempo para mí. Para pensar, o no pensar. Para hablar, o no hablar. Para hacer, en definitiva, lo que realmente quisiera. En la casa solo había un viejo sofá, que había sido de mi abuelo paterno, y una vieja cama, que habíamos heredado de mi abuela materna. La heladera que habíamos comprado hacía ya algunas décadas todavía funcionaba, o al menos así parecía. Guardé las cosas básicas que había comprado para sobrevivir a una cena y a un desayuno. Todavía no tenía la necesidad de vaciar el bolso, así que me limité a sacar la botella de vino y el libro que me había llevado, como únicos y grandes compañeros de viaje. Como estaba llegando la noche me pareció que sería una buena idea ir a buscar leña para por lo menos asegurarme le calor de la chimenea. En mi cabeza ya tenía proyectada mi perfecta primera noche en soledad. Pero, cuando abrí la puerta de calle, lo vi a él. Parado junto a su bolso. Inerte. “¿Y vos qué hacés acá?” Le pregunté.

“Necesitaba un respiro” me contestó. Hacía dos años que no nos veíamos y la tensión de la falta de cotidianidad se sentía en el aire. “Me di cuenta de que había alguien adentro pero no me animaba a tocar la puerta. Pensé que eras mamá.”. Afuera el frío era cada vez más intenso. No podía no dejarlo pasar, después de todo era tanto mi casa como la suya. La sorpresa de vernos cara a cara después de habernos evitado tanto, se mezcló con la desilusión que cada uno sentía por ver su cómo el “retiro” que habíamos pensado para esos días se transformaba en una incómoda estadía compartida. “Voy a buscar leña y vuelvo” le dije. Eso me daría tiempo para pensar un poco qué actitud tomar. Quizás sería mejor que emprendiera la vuelta. Entonces él me sorprendió con un abrazo. Recién ahí me di cuenta de que en ninguna de las emociones que sentí desde que lo vi estaba la de querer abrazarlo.

Lo que había proyectado como una pequeña caminata alrededor de la casa, se terminó transformando en un paseo en auto hasta el pueblo en busca de una buena bolsa de leña que aguantara los suficiente como para suplir el aire frío que se respiraría en esa casa ahora que mi hermano y yo deberíamos volver a convivir. Todavía no estaba segura de querer quedarme ahí, pero estaba claro que en esa fría noche de invierno no me iría a ninguna otra parte. O sea que, después de un par de años sin siquiera compartir un café, íbamos a necesariamente vernos las caras durante algunas horas. Compré algo para que cenáramos, así sería un tema menos que discutir y acortaría el tiempo entre la charla incómoda y la paz del descanso.

Recién cuando volvía a la casa se me ocurrió preguntarme: ¿sabría mamá que nosotros íbamos a coincidir en esa casa en esos días? ¿habría sido una estrategia de ella para obligarnos a hablar? Y si no había sido ella, ¿qué mensaje del destino era ese encuentro? Mi pensamiento racionalista era lo que me había llevado a tocar fondo, a querer romper con toda estructura, a necesitar improvisar. Quizás era momento, entonces, de pensar menos y permitirme sentir más. Pero esa actitud relajada me duraría solo el trayecto hasta la casa. Cuando abrí la puerta comenzaría otra historia.

Junto a mi hermano estaba Valeria, su mujer. Me acordaba de esa noche en soledad que había proyectado para mí, donde mi única compañía serían el libro, el vino y el hogar encendido, y de golpe me sentí acorralada en una convivencia no deseada con la persona que más me había lastimado en toda mi vida por alejar a mi hermano de mí. “Perdón, no sabíamos que vos ibas a estar también. Necesitábamos tomarnos unos días para conversar. Por eso nos hicimos esta escapada”. ¡Genial! Pensé con ironía. Si algo faltaba a esa situación incómoda era el ser testigo de su retiro marital. ¿Qué hacía yo ahí? Esa casa que me había envuelto con su olor a mar, con sus recuerdos, con su paz, de golpe se había transformado en un espacio de tortura. Me imaginaba presenciando sus conversaciones cíclicas, sus reproches interminables que seguramente arrastraban desde hacía años. ¿Y a dónde podría escapar si estaba todo el pueblo cerrado? Definitivamente al día siguiente debía irme de ahí. No, no era un mensaje del destino. Había sido una triste coincidencia que debía corregir.

Pero ellos no hablaron. Ni en la cena, ni cuando prendimos el hogar, ni siquiera los escuché hablar cuando me fui a dormir. Sentí tristeza por ellos. Me acordé del día que se conocieron, en esa fiesta de egresados llena de espuma, de gritos y de risas. A los dos se los veía libres y despreocupados, con miles de proyectos por delante que nunca concretaron. ¿Sería esa la razón de sus silencios? A la mañana siguiente, durante el desayuno, sentí curiosidad por saber de ellos. La vida, las elecciones, las diferencias, nos habían ido alejando, pero todo lo que había recordado sobre su historia la noche anterior me había hecho sentirlos otra vez como lo que eran en definitiva: mi familia más cercana.

“¿Y los chicos?” les pregunté de golpe. Los dos levantaron la vista sorprendidos de que quisiera interactuar con ellos. “Se quedaron con mi mamá” me contestó Valeria mientras untaba su tostada. Otra vez el silencio inundó la cocina. “¿Están bien?”. “Tuvimos momentos difíciles… pero ya están bien” me contestó Dani. ¿Momentos difíciles? ¿Y yo no había estado ahí?

A medida que iba pasando el día menos ganas me daban de irme. Los veía tan tristes y silenciosos que la idea de que presenciaría incómodas peleas de matrimonio ya había desaparecido. Claramente lo que necesitaban era un tiempo para sanar heridas, no para machacarlas más.

La casa vacía se iba poblando con nuestras pequeñas rutinas. Tanto ellos como yo extendimos nuestra estadía sin siquiera ponernos de acuerdo. Resultamos ser los mejores compañeros de retiro. Al final no había sido la mano de mamá la que había intervenido: realmente el destino quería que compartiéramos en esa casa, donde tantos momentos felices de infancia habíamos vivido, nuestro improvisado retiro espiritual. Que más que espiritual, era un retiro silencioso, de introspección. Para mi sorpresa era yo la que más hablaba en la casa.

Y es que el saber que habían pasado momentos difíciles me había hecho empatizar todavía más con ellos. Durante los años en los que prácticamente no habíamos hablado yo me los imaginaba felices, con sus vidas resueltas, sin problemas ni preocupaciones. De hecho había sido su actitud fanfarrona una de las cosas que más me había alejado de ellos. Pero ahora los veía vulnerables y me arrepentía de no haber pensado, en todo ese tiempo, que quizás ellos me necesitaran más de lo que yo creía.

A mitad de la semana volví a buscar leña al pueblo. Me crucé entonces con Don Emilio, el sodero que siempre visitábamos cuando veraneábamos allá. “¿Cómo está la familia? ¿Cómo sigue Bauti?”. ¿Bauti? ¿Mi sobrino mayor es el que había estado mal? ¿Mi propio ahijado tuvo un problema y yo no me había enterado, pero Don Emilio sí? Me avergonzaba demasiado admitirle al viejo que en realidad no sabía de qué me hablaba. Le di una respuesta vaga y me fui rápidamente de ahí. Tenía que volver a casa, tenía que preguntarles de una vez qué había pasado. Claro que sentía tristeza y culpa. Pero también bronca, ¿cómo podía ser que nadie me hubiera avisado? ¿acaso me había convertido realmente en algo menos que una completa extraña?

No sentía la autoridad para reclamarles nada. Después de todo había sido yo la que en ese tiempo no me había alejado solo de ellos sino también de mis sobrinos. Pero ya no quería seguir hablando en códigos o en silencios, quería escuchar realmente cómo estaban y saber de verdad cómo habían estado. “Me crucé con Don Emilio y me preguntó por Bauti…”. “¿Sí?” me contestó Dani. ¿Se estaría haciendo el desentendido? “Sí, basta, no me lo ocultes más. ¿Qué pasó?”. Dani me miró. “¿Qué pasó? Qué no pasó, querrás decir”. Tragué saliva. ¿Sería más grave de lo que me había imaginado? Debe haber visto mi cara de horror porque entonces intentó desdramatizar su comentario. Pero entendí a lo que se refirió: había pasado mucho tiempo y era inevitable que pasaran muchas cosas.

Ese exabrupto producto del comentario de Don Emilio y de mi miedo de haberme perdido de algo importante motivó unas largas horas de charla, primero con mi hermano y después con él y con mi cuñada. A lo que se refería el sodero era simplemente a un esguince que Bauti había tenido la última vez que ellos habían estado ahí pero del que casi ni se acordaban. “¿Cómo va a pasar algo grave y vos no te vas a enterar?” La mirada dulce de Dani me hizo sentir de nuevo parte de una gran familia.

En ese tiempo con ellos me di cuenta de cuánto los había extrañado. Las elecciones que nos habían separado ya no parecían tan importantes. El verlos sanando, tristes, pero juntos, me hizo sentir un gran respeto por ellos. Pero, sobre todo, me hizo dar cuenta de que eso era lo que quería para mi vida. Me había ido de la gran ciudad escapándome de una relación tóxica, pero con la secreta idea de que, después de algunos días de soledad, volvería otra vez al ruedo cíclico de eso que yo creía que era mi gran historia de amor. Pero no. Amor era eso que yo había presenciado durante esa semana de mi retiro improvisado. Amor era eso que estaba a punto de llegarme ahora que, finalmente, sí estaba abierta a recibirlo.

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