Cuentos de invierno – “Confianza ¿Ciega?”

P.h. Pinterest

A Pablo el último mes de cuarentena le estaba resultando bastante monótono. Ya la época de “aprovechar el tiempo en casa para aprender todo lo que no aprendiste en estos 30 años” había pasado y los “gustitos” que le traía el Rappi parecían haber perdido su sabor.

Cuando llegó julio ya tenía aceitada su rutina. Todas las mañanas se levantaba, preparaba su café, si era un día con provisiones se comía un alfajor y ahí nomás se conectaba para arrancar a trabajar. La época de pandemia y el tsunami de crisis que se avecinaba no hacían más que traerle más trabajo. No se quejaba, porque al fin y al cabo seguía cobrando su sueldo todos los meses, un lujo que muchos otros no tenían; pero el hecho de que el trabajo se hubiera convertido en su principal actividad y prácticamente su único contacto con el mundo exterior lo deprimía un poco. Él jamás había trabajado más allá de su horario laboral porque siempre había algún after, algún cumpleaños o algún entrenamiento al que llegar en horario.

Pasaba la tarde, entre informes, mates y alguna galletita. A eso de las 6:30 dejaba de trabajar como para hacer un corte, pero el resto de las horas eran las más difíciles de llenar. Nunca había sabido tanto de la vida de sus papás como ahora que hacían dos videollamadas por día. A eso de las 20 hs. bajaba a comprar alguno en el kiosco, daba una vuelta y volvía a subir a su departamento. Se cocinaba algo, miraba alguna serie y se iba a dormir. Para, al día siguiente, volver a arrancar entre cafés, videollamadas y antojos dulces.

Pero un día su rutina se quebró. Estaba por arrancar la hora del mate cuando recibió un mensaje de Andy, ese amigo compinche con el que había cursado desde jardín de infantes. “¿Estás en tu casa? ¿Puedo pasar?”. Dos preguntas extrañas para el contexto que estaban viviendo. “En muchos otros lugares no puedo estar” le respondió Pablo con el emoticón que llora de risa. La otra pregunta era más difícil de responder. En realidad no podía pasar, al menos eso significaba el “Aislamiento social, preventivo y obligatorio” en el que se encontraban. Pero él esto ya lo sabía, ¿sería que necesitaba algo urgente? “¿Y? Estoy a una cuadra”.

Circulaban en su edificio rumores de que, a quienes habían roto la cuarentena invitando a gente a comer a sus casas, se los había denunciado. Pero no le podía decir que no a su amigo de toda la vida. “Dale, avisame y bajo” le contestó por fin a Andy. “OK, pero mirá que necesito subir.” La insistencia y la aclaración no hacían más que demostrarle a Pablo que claramente Andy tenía algún apuro. Quizás solo quisiera usar el baño, pensó, después de todo no eran épocas fáciles para encontrar un baño público y menos que fuese confiable.

El saludo que se dieron en la puerta del edificio fue torpe. Ninguno quería cometer la imprudencia de saludarse con un abrazo, como lo hubieran hecho en cualquier otro momento de sus vidas, pero tampoco podían asumir el saludarse de lejos como dos desconocidos. Optaron entonces por el saludo de codos que estaba tan de moda por esos tiempos de pandemia. Lo primero que le llamó la atención a Pablo fue el bolso grande que traía Andy. Una parte de él se puso aún más nervioso pensando, no solo que su amigo estaba haciéndolo violar la cuarentena, sino que además pretendía quedarse a dormir en su departamento.

Pablo no quiso atosigarlo a preguntas aunque se moría de ganas de hacerlas todas juntas. Andy no sintió necesidad de explicar nada durante el viaje en ascensor: ni por qué estaba ahí ni por qué llevaba un bolso.

Cuando llegaron al departamento de Pablo ambos se sacaron los zapatos antes de entrar. Una vez adentro se lavaron las manos, pero se dejaron los barbijos puestos; ninguno se animó, en un primer momento, a sacárselos quizás por respeto hacia el otro, quizás por miedo a que el otro no se sintiera respetado. “¿Querés tomar algo?” le dijo Pablo casi como un reflejo viejo de los tiempos previos a la cuarentena. “No, no. Ya me voy” le contestó Andy. La dormida ya era una opción descartada. Pero quedaban otras tantas preguntas por responder.

“¿Tenés desinfectante para rociarle?” le preguntó Andy señalándole el bolso. Con ese pie Pablo podía hacer una de las ansiadas preguntas “¿Qué hay ahí?”. Andy limpiaba el bolso en silencio. Pablo realmente dudó de que lo hubiera escuchado: con estos incómodos barbijos no se podía saber a ciencia cierta qué se entendía y qué no. De todas formas no se la repitió, después de todo, si había escuchado y prefería no responder, no quería que se sintiera atacado. Menos aún si alguna urgencia lo había llevado hasta ahí.

Pablo se dio cuenta de que entre tanto protocolo, miedo y falta de costumbre de ver a otras personas “en vivo y en directo” no se había dado tiempo de alegrarse por ver, después de tantos meses, a su gran amigo. Optó entonces por hacerle ese comentario, para romper el hielo e intentar traerlo de vuelta a Andy que parecía muy alienado su propósito. “¡Qué loco verte! No me lo esperaba. Lindo ver personas de carne y hueso.” Pablo esperaba aunque sea una mueca de sonrisa por debajo del barbijo, pero nada. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo raro que era compartir más de 5 minutos con él y todavía no escuchar su risa tan característica. “¿Qué hacías por acá? ¿Te dejan circular por Capital?”. Andy seguía en silencio. Limpiaba el bolso con cierta obsesión y su actitud parecía cada vez más nerviosa. “¿Estás bien?” le preguntó Pablo ya preocupado.

Por primera vez Andy miró a Pablo a los ojos. Parecía querer decirle algo, pero algo lo frenaba. “Amigo, necesito dejarte este bolso. Por los años de amistad que nos unen te pido que no me preguntes nada de él y que por favor, por nada del mundo, lo abras. Yo te voy a avisar cuándo paso a buscarlo”. “Pero es un locura” le contestó Pablo casi como un impulso. “¿Confiás en mí? Necesito confiar en vos.” le preguntó Andy con dureza. Pablo se lo quedó mirando atónito. Ahora era él el que cargaba con el silencio.

Una vez más Pablo se sintió imposibilitado de decirle que no a su amigo de toda la vida, sobre todo porque parecía estar metido en algo realmente preocupante. Al fin y al cabo ¿para qué son las amistades si no es para que podamos caer en ellas como una bolsa de papas confiando en que no nos van a dejar estrellar contra el piso?

“Está bien” le dijo Pablo “Pero necesito saber que no estoy en peligro… que vos no estás en peligro”. “Vos no estás en peligro” le contestó Andy. “Y yo… me voy a cuidar, no te preocupes.”. Todo se había dado demasiado rápido. Pablo le insistió para que se quedara por lo menos a tomar un café. La amenaza del coronavirus le preocupaba menos ahora que sabía que su amigo no la estaba pasando bien y quería por lo menos entender un poco más de la situación. Pero Andy no podía quedarse, en eso había sido claro desde el principio, y Pablo se arrepintió de haber tenido miedo de que se instalara en su casa. Después de todo eso hubiera significado que no había una cuestión tan compleja de por medio y que podrían compartir más tiempo juntos.

Una vez que Andy se fue, Pablo dejó el bolso exactamente en el lugar donde él lo había puesto: en el living, al lado del mueble de la televisión. Se sorprendió de que su salto en la rutina lo hubiera hecho olvidar de hacer la segunda videollamada del día con sus papás y ahí estaban sus mensajes de preocupación. “Todo bien, es que pasó Andy. Después les cuento”. Su amigo no le había dicho expresamente que no contara nada acerca del bolso, pero tampoco a él le nacía gritarlo a los 4 vientos. Todo en esa situación le parecía extraño y creía que lo mejor era olvidarse él mismo de su existencia.

Durante la noche fue fácil. El contacto tete-a-tete lo había agotado y rápidamente llegó la hora de acostarse. Al día siguiente, todavía en la cama, Pablo se acordó de que era sábado: eso significaba que no había nada que le llenara completamente las horas. Se quedó un rato más mirando tele, como para retrasar el momento en que pasaría a ese otro ambiente donde transcurría la mayor parte de su día. Recién cuando finalmente fue en busca de su café vio a lo lejos el bolso y toda la curiosidad le cayó de golpe. ¿Qué habría ahí? ¿Por qué Andy se lo había dejado? ¿Volvería realmente por él? Su carácter recto hizo que durante los primeros días no se animara ni a acercarse a él. Pero cuando iba terminando la primera semana se le iba haciendo más difícil contenerse: el bolso estaba ahí y su presencia lo inquietaba.

Después de 6 días de romperse la cabeza pensando qué podría haber dentro del bolso que le había dejado su amigo, Pablo por fin se animó a levantarlo. Eso no rompía ninguna regla, porque no lo estaría abriendo, y le sacaría algunas dudas. Era pesado, le costó despegarlo del piso. “Plata no es” pensó Pablo con alivio, no quería verse en la situación de tener que inventar su procedencia. Andy le había dicho que no estaba en peligro, o sea que drogas o armas estaban, por sentido común, también descartadas.

En un determinado momento Pablo se sintió “observado”: en un mensaje Andy le había agradecido por cumplir con su promesa y eso le daba la idea de que quizás en él hubiera algún micrófono o cámara. Entonces hablaba en voz alta como para que quien estuviera del otro lado supiese que con él no había nada de qué preocuparse. Pasaron los días y la presencia del bolso ya no lo inquietaba, sino que en algún punto lo tranquilizaba. Significaba que eso importante seguía ahí, a cuidado de él, y que algún día vería de nuevo a su amigo quien le explicaría la historia completa. En definitiva le daba un motivo y una esperanza,o mejor dicho, algo que esperar.

Llegó el 20 de julio y con él un mensaje de Andy “Necesito que abras el bolso.”. Era lunes por la mañana y Pablo saltó de la cama. Nervioso por hacer algo que durante 20 días había tenido prohibido, abrió el bolso. En él encontró un artefacto gris y negro y una nota. “Espero que te conviertas en experto heladero y que me invites a probarlos cuando pase todo esto. ¡Feliz día, amigazo!”. Se trataba ni más ni menos que de la máquina de hacer helados que tantas veces se había querido comprar y que nunca se terminaba decidiendo en hacerlo.

Pocas cosas emocionan tanto como saber que esa alma que tanto tiempo caminó con nosotros, nos conoce tan bien como para darnos justo lo que necesitamos en el momento más indicado. Pablo necesitaba un propósito, una misión, un para qué que lo ayudara a pasar la incertidumbre, el tedio, el miedo. Después de días inventando mil historias ahora tenía un nuevo hobby en el que enfocarse. Gracias a Andy el trabajo, desde entonces, es para Pablo solo un “mientras tanto”.

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