Cuento #26. “Humanos valiosos”

P.h. @julietasaavedra.ph

“Pero ¿qué tienen en la cabeza? ¿Dónde está su empatía? ¿No ven su vulnerabilidad? ¿Cómo no quieren ayudarlos? ¿No tienen corazón?” Pamela sentía que no importaba con qué “partido” estuviera hablando, siempre parecía estar escuchando un deja vú de lo que ya había escuchado en el descargo del partido anterior.

Todo había comenzado dos semanas atrás, cuando se mudó con su familia al barrio privado “Los alerces”. Dada su buena experiencia en el comité de asuntos vecinales del barrio donde vivían antes, a Pamela le pareció una buena idea formar parte del comité de este nuevo barrio ya que podría aportar sus conocimientos y tener al mismo tiempo contacto directo con sus nuevos vecinos.

Lo primero que le llamó la atención fue que, a pesar de que el comité ya tenía 5 años de vida (los 5 años que llevaba existiendo el barrio privado) estaba acéfalo: no tenía un Presidente fijo. Ninguna de las personas que había ocupado ese puesto en los últimos meses había durado más de dos semanas. A pesar de que le pareció rara la falta de estabilidad en el puesto, Pamela pensó que era una buena idea postularse como Presidente y así ganarse rápidamente la confianza de todos.

Pamela se imaginó que las problemáticas a tratar dentro del comité serían las mismas (o parecidas) a aquellas con las que había lidiado en su experiencia anterior: reclamos de luz o de agua, cuidado de espacios comunes, alertas de seguridad, recomendaciones de personal doméstico, etc. Asistió al SUM a su primera reunión como Presidente con una libretita en la mano y una birome, en caso de que fuera necesario hacer alguna anotación irrelevante para simular profesionalismo. Lo primero que hizo fue presentarse: contó que su nombre era Pamela y que vivía en el lote 121 con su esposo Fabián y sus hijos Mara y Toro. “Hola Pamela, yo soy Elisa. También solemos presentar a nuestras mascotas por nombre y apellido” le dijo Elisa con una sonrisa “o sea, hacemos presentación completa de la familia”. A Pamela le sorprendió esta aclaración y también con una sonrisa le contestó “Nosotros no tenemos mascotas”. De las 50 personas que había reunidas, 25 comenzaron a murmurar con cara de asombro. Pamela no supo por qué pero se sintió incómoda. “Este público no sería tan fácil de comprar después de todo” pensó.

Cuando finalizó la reunión Pamela no estaba muy convencida de que hubiera sido un éxito. Le quedó un sabor agridulce que no podía entender. Antes de que se dispersaran las personas preguntó quién había sido el último presidente del comité y Graciela levantó tímidamente la mano. Pamela y Graciela se quedaron conversando un rato después de que el resto de los vecinos se hubieran ido del SUM. Pamela le preguntó si tenía alguna recomendación, algún tip para pasarle, algo en especial para comentarle. Graciela le dedicó una mirada de compasión. “No te lo tomes muy personal” le dijo “Y suerte. Mucha suerte”. Esa noche Pamela se iría a dormir con demasiadas preguntas en la cabeza. Lejos de sentir que su postulación había sido un error, su bichito perfeccionista la impulsaba a hacer de esta situación un desafío por superar.

Al día siguiente recibió un mensaje de Elisa “Pamela, necesitamos hacer una reunión de comité URGENTE.”, “Sí por supuesto” le respondió “¿Pasó algo grave?” “Sí”. Pamela tragó saliva. Temía que las reservas que Fabián tenía sobre el barrio fueran verdad y que hubiera serios casos de inseguridad.

Pamela organizó la reunión para esa misma tarde. Luego de pedir disculpas por el poco tiempo de aviso cedió la palabra a Elisa para que pudiera exponer el problema que debían resolver.“Con tristeza tengo que comunicarles que lo que sucede en todos lados también está sucediendo aquí”. Un frío corrió por el cuerpo de Pamela, temió que su familia estuviera realmente en peligro. Elisa siguió “En la ruta de entrada al barrio hay ya tres perros callejeros”. A Pamela se le escapó una risa que contuvo rápidamente ante la mirada fija de Elisa. Algunas de las personas que estaban presentes acompañaron la preocupación de Elisa “¡Esto es terrible!” “¡Hay que hacer algo!”. En cambio otras arremetieron contra ella “¡Siempre lo mismo!” “¡Pónganse una veterinaria y déjense de hinchar!”. El asombro de Pamela por la situación que se había generado iba in crescendo a la par del bullicio que las casi 50 personas reunidas comenzaron a generar. Un silbido la salvó de sucumbir apabullada. Después de haber cortado el ruido en seco, Enrique, el vecino del lote 103, le indicó a Pamela que tomara la palabra. Pamela no sabía realmente qué decir, nunca en los 4 años que había participado del comité de su barrio anterior había vivido una situación similar. No quería herir a nadie pero tampoco pensaba que los perros callejeros fueran una prioridad. A la vez se daba cuenta de que prácticamente la mitad de los vecinos eran fervientes defensores de esta causa y no le pareció correcto comenzaron con el pie izquierdo. Entonces apeló al consejo de su padre y antes de hablar escuchó “¿Qué es lo que proponés Elisa?” “Un fondo común para mantener a los perritos. Yo ya adopté a uno, lo vacuné y lo desparasité. Benito tuvo la suerte de encontrar un hogar pero no todos la van a tener. Tenemos que estar preparados para vacunaciones y adopciones en masa y para eso necesitamos un colchón de dinero.”. El bullicio comenzaba a generarse de nuevo pero esta vez fue Pamela quien lo frenó con un gesto. Hizo un corto silencio y por fin dijo “Déjenmelo pensar”. Los vecinos se quedaron desconcertados. “Como Presidente quiero tomar una decisión que contente a todos y para eso necesito un poco de tiempo”. “¡Los pobres perros no tienen tiempo! ¡Se están muriendo de hambre y de frío!” Gritó uno. “Ya sé, ya sé. Prometo tener una respuesta para el viernes.”. Nadie estaba conforme y la reunión se disolvió con numerosos resoplidos: algunos producto de la falta de velocidad ante un tema tan urgente; otros por la entidad que se le daba a un tema tan banal. Mientras se retiraban Pamela vio cómo uno de los vecinos se acercaba a Elisa y le agradecía por estar siempre en las causas importantes “sos realmente un humano valioso” le dijo antes de abrazarla.

“¿Un fondo común para los perros de la calle? ¿Pero esta gente cree que la plata sale de los árboles?” Fabián no apoyaba en nada la iniciativa de Elisa, pero Pamela no podía dejarse impregnar por su postura porque tenía menos de 48 horas para encontrar una solución. En eso le llega otro mensaje alarmistas “Tenemos un problema realmente grave que resolver. Debemos reunirnos mañana” Graciela parecía igual de nerviosa que Elisa, pero Pamela sabía que no formaba parte del “partido canino” así que estaba segura de que no era por esa razón que le escribía. “¿No puede esperar hasta el viernes así resolvemos todo junto?” le preguntó Pamela, a quien su segundo día en su rol de Presidente ya la tenía agotada. “No, es realmente urgente”.

Al día siguiente, después de pedir nuevamente disculpas por el poco tiempo de aviso, Pamela le cedió la palabra a Graciela. “El terreno que iba a ser destinado a la cancha de paddle fue ocupado.” Pamela intentó calmar las murmuraciones con preguntas concretas “¿Ocupado por quién? ¿Dónde está ese terreno? ¿Por qué no intervino el personal de seguridad?”. “Ocupado por personas que no tienen dónde vivir. Es un terreno que no está dentro del barrio en sí pero que es nuestro.”. El bullicio se hizo entonces incontrolable. “¡Yo vi que tienen material de construcción! ¡Piensan instalarse!” Gritó un vecino. “¡Necesitan nuestra ayuda” gritó otro. Hasta que Elisa levantó la voz y calmó el griterío “Yo tengo la solución. Tenemos que ir de noche a tirarles kerosene así prendemos fuego el terreno y evitamos que lo tomen”. En el SUM reinó un silencio sepulcral. Pamela se quedó estupefacta y tragó saliva. “¿Pero vos te hacés la Madre Teresa de Calcuta con los perros y querés prender fuego a la gente? ¿Estás loca?” Le preguntó Graciela. Indignada Elisa le contestó: “La gente pudo tener otras posibilidades, los perros no. Alguien sin alma los abandonó. ¿Sabés cómo deben sentirse?”. Pamela vio que la discusión se le estaba yendo completamente de las manos y una vez más usó su recurso del tiempo. “Nos volvemos a reunir mañana y definimos estos dos problemas”. Tercera reunión a su cargo y nuevamente debía escuchar quejas y resoplidos mientras la gente se dispersaba. Definitivamente no era el desafío que ella había pensado que iba a ser. Ahora sí Pamela creía que había cometido un error.

Pero cuando se iba escuchó que uno de los vecinos le decía al otro “Te dije, esta flaquita del 121 es una debilucha. No va a durar ni una semana”. El bichito perfeccionista de Pamela no la dejó bajar los brazos. Graciela le había dicho que no lo hiciera pero ya era tarde; esta cuestión definitivamente se había vuelto personal.

Pamela no durmió en toda la noche pensando en una solución para ambos problemas. El partido “canino” quería echar a los indigentes pero, ¿a dónde llevarlos? De alguna forma había que ayudarlos. A su vez el partido “humano” no quería poner plata para los perros callejeros pero tampoco se podía ignorarlos, ¿iba a dejar que se murieran de hambre?

Durante el almuerzo Pamela estaba inmersa en sus pensamientos, nerviosa por pensar que solo faltaban 5 horas para la reunión y todavía no tenía solución para ninguno de los dos temas. “¿Mami, podemos adoptar un perrito?” Le preguntó Mara de golpe. Pamela estaba desconcertada “¿Un perrito?” “Sí, Clara la de la casa amarilla dijo qué hay perritos que necesitan casa. ¿Podíamos construirles una casa en el jardín?” “Sabés que a tu papá no le gustan los perros” le dijo Pamela. Pero entonces se le prendió una lamparita: ya había encontrado la solución. Dedicó el resto de la tarde a investigar cómo implementarla.

Pamela recibió a los vecinos con alegría. “Esta semana fue intensa” dijo “son dos temas difíciles los que se plantearon, se que tienen puntos de vista distintos. Pero si se fijan en el fondo los mueve la misma empatía, aunque dirigida a los animales en un caso y a los humanos en el otro. Hablé con cada “partido” y pensaba estar teniendo un deja vú de mi charla con el partido opuesto. Entonces entendí que si la base del interés es compartido, es pensar en el otro ya sea un perro o una persona, entonces no estaba todo perdido. Vamos a hacer un fondo común” empezaron las murmuraciones pero Pamela las frenó con un gesto y prosiguió “La cancha de paddle nunca se terminó porque ese terreno no era del todo apto y además no daba seguridad que estuviera fuera del barrio. Ese terreno podemos donárselo a una ONG para que construya ahí un espacio en común, un comedor con algunas habitaciones para quienes necesiten pasar la noche, con la condición de que ahí mismo también cuiden y velen por la salud de los perros callejeros que tenemos hoy y de los que aparezcan con el tiempo”. Los ceños fruncidos comenzaron a suavizarse. Los vecinos se miraron entre ellos sorprendidos de que Pamela hubiera podido encontrar una solución que los satisficiera a todos. “Enrique es abogado y me va a ayudar con el papelerío, y desde hoy empezaremos a buscar ONGs que puedan ser buenas candidatas. Más allá de ceder el espacio vamos a hacer un fondo común para que el que quiera y pueda ayudar también contribuya de esa forma”.

Pamela esperaba aplausos y ovaciones pero éstas no llegaron; sin embargo la reunión, lejos de disolverse con resoplidos, lo hacía con sonrisas y asentimientos. Haber logrado un consenso generalizado la llenó a Pamela de orgullo. Al fin de cuentas creía que para todos los presentes había quedado claro que tanto los humanos como los animales eran seres valiosos y que la forma de ayudarlos a ambos estaba al alcance de la mano.

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