Cuento #20. “Esos grandes ojos verdes”

Su nombre era Melisa y tenía los ojos grandes, verdes y melancólicos. Gastón recién se percató de ella cuando la escuchó enunciar la pregunta más interesante de todo el tour: ¿por qué, justamente ahí, se había mandado a construir un faro? La guía no sabía la respuesta así que escupió la poca información que tenía en mente y propuso un recreo de diez minutos para disipar la atención. Gastón murmuró un “salvada por el timbre” y buscó la mirada cómplice de su novia, quien estaba completamente ensimismada en sus redes sociales. Otra vez lo invadía la amarga sensación de estar más solo que acompañado. Cuando levantó la vista le pareció ver que Melisa sonreía por lo bajo ¿quizás ella sí había escuchado su comentario?

Gastón aprovechó el tiempo libre para perder su mirada en el mar. Le hubiera gustado conversar con su novia sobre las muchas cosas que ya llevaban vistas en el tour por Howth, pero después de veinte días juntos recorriendo Europa, contrariamente a lo que él había proyectado, cada vez encontraban menos puntos en contacto. Cuando se quiso dar cuenta él y Melisa eran los únicos que realmente estaban contemplando el paisaje. Miró la dirección para la que ella estaba absorta y ahí lo vio al Faro de Baily, el que había dado pie a su pregunta a la guía y el que lo había llevado a él a mirarla. Se quedó un rato contemplándolo tratando de encontrarle eso que a ella le fascinaba tanto.

“Son una linda metáfora ¿no?” Le dijo Melisa de repente. Gastón se volteó a mirarla extrañado. Le hubiera encantado entender rápido de qué hablaba, no había nada que le gustara menos que pasar por poco inteligente, pero la realidad es que no sabía exactamente a qué se refería y no supo cómo disimularlo. Melisa siguió “De lo importante que es tener una luz que te guíe. Cuando estás en tierra son un edificio más, parte de un paisaje, un punto de encuentro quizás, un atractivo turístico como mucho. Pero cuando estás en el mar… ahí sí que cobran otro sentido. Es su luz, y no otra, la que te acerca a tierra. La que realmente te muestra el camino.” Hasta entonces Gastón nunca había pensado ni en la importancia de los faros ni en la riqueza de su historia. Pero algo en la forma de hablar de Melisa lo había tornado interesante para él también. De golpe sintió curiosidad por saber él también por qué justamente allí, en 1814, lo había construido ese tal George Halpin que había mencionado la guía. Justo cuando estaba por hacerle algún comentario al respecto a Melisa, la novia de Gastón irrumpió en la conversación “¿No nos sacás una foto?”. Le acercó su teléfono a Melisa, lo agarró del brazo a Gastón y adquirió la pose que parecía calcada de cada foto de cada uno de los lugares que ya venía visitando la pareja. “¿Con el faro?” Le preguntó Melisa. La novia de Gastón se dio vuelta para mirarlo, como percatándose por primera vez de que estaba allí, “Mmmm, está medio lejos. Si sale, bien, si no, no importa. Fíjate que se nos vean bien las caras”. Gastón sintió cierta vergüenza por la frivolidad de su novia y no pudo ni siquiera disimular una sonrisa para la cámara. Sabía que ese sería motivo de reproche unos minutos después porque si parecía que él la estaba pasando mal, ya no era una foto apta para compartir con los demás. ¿Quiénes eran esos “demás” que tanto la preocupaban? Era algo que Gastón a pesar de llevar tantos días de viaje juntos no había descubierto aún.

En el tren de regreso a Dublin Gastón no podía parar de pensar en la imagen del faro. Pero ese faro que tenía en la cabeza no emanaba una luz blanca sino verde, del mismo color que los ojos de Melisa. Era la primera vez que osaba pensar en otra persona que no fuese su novia. Siempre había creído que este era un punto a favor para seguir en la relación: no importaba cuántas cosas no funcionasen, si ella era la única persona para él y él para ella todo podía sobrellevarse juntos. Pero la intensidad de la contemplación de Melisa y la profundidad de su mirada le habían recordado qué se siente comunicarse realmente con alguien. Que te hagan una pregunta y que se queden atentos escuchando la respuesta.

Ya en Dublin Gastón le propuso a su novia aprovechar que todavía tenían algunas horas de luz por delante para visitar la famosa Biblioteca Nacional de Irlanda. Pero su propuesta fue rechazada con una leve caricia de mejilla y una expresión de compasión por lo que la novia calificaría como un alto grado de “nerdismo”. La contrapropuesta fue que, por un rato, cada uno hiciera lo que realmente tuviera ganas de hacer. Así Gastón encaró hacia la biblioteca y su novia hacia el H&M, porque se había propuesto ir a este local de ropa en cada ciudad que visitaran. Para Gastón la cuota de compras ya estaba saldada. En cambio el bichito de la curiosidad sobre la historia del Faro de Baily todavía rondaba por su cabeza.

Cuando llegó a la biblioteca se tomó unos segundos para admirar el increíble edificio que estaba visitado. Luego se dispuso a ubicarse en el espacio para tratar de descifrar dónde podía encontrar los libros de historia de Irlanda. Frente a tanta oferta decidió recurrir a la bibliotecaria para preguntarle, más específicamente, qué libro podía llevarlo a conocer la historia del Faro que había visto ese día en Howth. “Qué extraño” le respondió la bibliotecaria en un inglés muy cerrado “usted es la segunda persona en una hora que me hace la misma pregunta”. El corazón de Gastón se aceleró, ¿sería que Melisa también estaba ahí buscando respuestas? La bibliotecaria lo acompañó a un rincón donde una mujer estaba sentada en una de las mesas, rodeada de libros de todos los tamaños, absorta en la lectura de uno de ellos mientras tomaba notas en un pequeño cuaderno. Cuando levantó la mirada Gastón se encontró con esos ojos verdes que, aunque no se lo hubiese reconocido a él mismo, tanto ansiaba volver a ver.

A medida que pasaban las horas, en esa empresa de investigación que Melisa y Gastón se habían autoasignado, más crecía entre ellos la confianza y complicidad. No podían creer haberse encontrado en semejante lugar y con semejante objetivo común. Melisa había rechazado la invitación de sus amigas que, una vez más habían decidido recibir el atardecer en The Temple Bar. Como si se tratase de un gigantesco rompecabezas para armar, ambos iban descubriendo en distintos libros las piezas que hacía falta para terminar de construirlo. Así descubrieron que el faro original había sido puesto en la cima del Cabo de Howth aproximadamente en el año 1667 y que era uno de los 6 faros que había mandado a construir el rey Carlos II de Inglaterra. Fue en 1810 que decidieron trasladarlo a una posición más baja y por eso se eligió la punta de Little Baily. Conocer sobre cómo un faro que había comenzado siendo una linterna de piedra donde un fuego estaba alimentado por madera o carbón, se fue modernizando al asumir distintos mecanismos hasta llegar a ser, en 1997, el último faro en ser automatizado en Irlanda, le fascinó más a Gastón de lo que hubiera creído. Claro que en estos tiempos globalizados toda esa información podrían haberla buscado por internet, pero el hecho de que para los dos hubiera tenido un sabor especial investigar la historia del Faro Baily en la biblioteca más importante del país, era en sí mismo un hecho significativo.

En medio del café que tomaron a modo de festejo por su productiva tarde de investigación, Gastón por fin se animó a preguntarle a Melisa “¿Por qué son tan importantes los faros para vos?” Los grandes ojos verdes volvieron a su actitud melancólica “Cuando era chica tenía un libro lleno de ilustraciones que explicaba todos los recovecos de los faros y nunca pude sacármelo de la cabeza. Con el tiempo fui elaborando esa metáfora y, después de tantas relaciones fallidas, me propuse encontrar esa persona que fuese realmente un faro para mí. No perder el tiempo con simples lucecitas intermitentes. Quien no se mueve de al lado tuyo, quien te guía por el camino seguro, tiene que ser una luz bien plantada en la tierra”. Melisa y Gastón sostuvieron un largo rato sus miradas. Gastón sentía cómo de a poco se le erizaba la piel como hacía mucho tiempo no le pasaba. Melisa se le acercó lentamente y con una suavidad que Gastón nunca había conocido antes lo sorprendió con un largo y profundo beso.

Gastón tardó en reaccionar. Ese atardecer había parecido producto de un hermoso sueño, pero el beso, lejos de coronarlo, lo habían hecho caer en la cuenta de cuántas líneas estaba cruzando por primera vez en esos 14 años de relación que llevaba con su novia. “Me voy a casar” le dijo por fin con gran torpeza. Melisa se quedó perpleja. “No puedo, no puedo, me voy a casar” seguía repitiendo. Melisa lo miraba atentamente mientras en él iba creciendo la culpa como una bola de nieve. Sin poder volver en sí, Gastón agarró una a una sus cosas hasta que finalmente se fue del bar.

Mientras caminaba de regreso al hotel iba repasando en su cabeza todo lo que acababa de vivir, intentando buscar el momento justo en que tendría que haber frenado esa situación que era tan impropia de él y tan injusta para su novia. ¿Quizás había sido esa mañana cuando por primera vez se fundió en los ojos verdes de Melisa que cuestionaban a la guía? ¿Es que podría haber evitado él la emoción que sintió en ese momento?

Estaba tan nervioso que no sabía cómo miraría a su novia a la cara, ni qué le diría, ni si le contaría, ni cómo se lo explicaría. Pero cuando la vio llegar todo se tornó más claro: ella ya no le producía ninguna emoción y en eso no había tenido nada que ver Melisa. “Tenemos que cortar” le dijo ni bien la vio entrar al cuarto del hotel. Las bolsas de H&M se desplomaron en el suelo.

Por primera vez en mucho tiempo Gastón se sentía liberado y dueño de sí. Los arreglos con Melisa no habían sido tan dificultosos como había pensado; se ve que cuando las cosas marchan por el camino correcto fluyen, ya sea para concretarse o para disolverse para siempre. Le quedaba solo un día en Irlanda. Su partida del café había sido tan torpe y precipitada que no había llegado a anotar ningún dato de contacto de Melisa. Tuvo la ilusión de encontrarla en The Temple Bar al anochecer pero no estaba ahí y, aunque hubieran estado sus amigas, él no las habría reconocido.

Pasaron los años y un viaje por trabajo lo volvió a ubicar a Gastón en Dublin. Se tomó la tarde del sábado para visitar el Faro de Baily: hacía tiempo que quería recuperar en ese paisaje aquello que había sentido esa tarde con Melisa y que nunca había vuelto a sentir. “Este faro fue encargado por el rey Carlos II”. Un grupo de turistas se acercaba a Gastón mientras él pensaba “¡Por fin incorporaron más información sobre el faro!”. Con la vista buscó a esa guía que sin duda era más culta que la que había tenido él en su última visita a Howth, cuando de golpe se encontró con esos ojos verdes que tanto había buscado. Un largo y profundo abrazo selló su reencuentro con Melisa.

50 años después, Melisa y Gastón levantan sus copas, rodeados de hijos, nietos, nueras, yernos y algún bisnieto que todavía nada plácidamente en la panza de su mamá. Con la hermosa satisfacción de una vida bien vivida en buena compañía, Gastón mira esos grandes ojos verdes y le dice a su esposa “Gracias por haber sido siempre mi faro.” Ella le responde con una sonrisa “Gracias a vos por haber vuelto a mi”.

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