Cuento#3. “Anillo”

“No, por favor, el anillo no. Todo menos el anillo.” Lucrecia suplicaba mientras el ratero tironeaba con fuerza de su dedo. “Por favor” le dijo una vez más, y se le quebró la voz.

Hasta ese momento Lucrecia había intentado mantener la compostura. No le había costado tanto porque la realidad es que en esa cartera, que rápidamente había pasado a manos del extraño, no tenía nada que a ella le importara demasiado: el celular lo tenía en el bolsillo interno de la campera junto con las llaves de casa, casi no tenía efectivo y las dos tarjetas de crédito que había en la billetera podría denunciarlas rápidamente antes de que le generaran algún gasto. La cartera en sí tampoco era una de sus preferidas.

Por un momento creyó que ya había pasado lo peor y que el ratero se iría tranquilo con la cartera y todo lo que había en ella. Pero no contaba con que en cada oficio uno va perfeccionando los sentidos y, sin duda, el que más perfeccionado tienen los rateros es el de la vista. No contaba entonces con que a él no se le iba a pasar por alto el anillo.

“Yo jamás me resistiría, es lo más tonto que alguien puede hacer” solía decir Lucrecia muy confiada cuando la noticia de algún daño colateral por robo salía en alguna charla de café. Pero claro que siempre es más fácil hablar de algo hipotético cuando no lo estamos viviendo.

Ni la súplica ni la resistencia dieron sus frutos. El ratero pudo finalmente sacar el anillo del dedo de Lucrecia y en un abrir y cerrar de ojos desapareció entre las calles porteñas. A Lucrecia la invadió un vacío terrible. ¿Y ahora? ¿Qué hacía? ¿A dónde iba? Se quedó atónita mirando el vacío. “Ey, ey, ¿Te robaron? ¡Tenés que hacer la denuncia!“. Le dijo una señora, que parecía muy amable ahora pero que había sido una silenciosa testigo de todo el episodio. Lucrecia volvió en sí y miró a su alrededor. Un par de cuadras la alejaban de una comisaría. Siempre había preferido no pisar esos lugares, pero la pérdida de su anillo le dio el impulso necesario y decidió hacer la denuncia.

“Una cartera bandolera marrón, una billetera, 350 pesos, dos tarjetas de crédito. ¿Algo más?” Preguntó el policía con aire de tedio “Sí, un anillo, mi anillo. Era de plata y tenía 8 iniciales grabadas.” El policía se la quedó mirando. “¿Y qué más?” “Nada más. ¡Ah sí, cada inicial estaba separada con un punto!”. El policía se la quedó mirando de nuevo. “¿Y algún diamante, una perlita, un algo?”. “No, nada”. “No parece valioso”, “Te juro que lo es”. El policía la miraba confundido. Era quizás la descripción más sosa de un objeto robado que le hubieran dado. No terminaba de entender ni por qué el ladrón lo había querido robar, ni por qué Lucrecia estaba tan desesperada por recuperarlo. “Mirá, te doy un consejo, mandátelo a hacer de nuevo. Es muy difícil recuperar esas cosas.” A Lucrecia se le llenaron los ojos de lágrimas. Quizás por falta de empatía o quizás porque realmente creía que la estaba consolando, el policía siguió: “No te preocupes, seguro ya lo tiró a la calle ni bien vio bien lo que era”. Lucrecia no pudo contener su desesperación y salió corriendo de la comisaría.

Intentó recordar por dónde había ido el ratero para seguir el mismo camino. Se convenció de que había sido por una de las calles, justo la más atiborrada de gente, y miró en cada baldosa y borde de alcantarilla. Por alguna razón Lucrecia había dado por cierta la afirmación del policía y estaba convencida, no solo de que el ratero se había desprendido del anillo, sino además de que ella lo encontraría.

Pasaron horas hasta que se dio por vencida. Ya casi era de noche cuando estaba volviendo a su departamento. ¿Qué le diría a las chicas? ¿Cómo justificaría que esa sola cosa que le pidieron que guardara para siempre ella no había podido cuidarla? ¿Quién sabe si la alfarera seguía haciendo esos anillos?

Lucrecia pasó el hall de entrada muy desanimada y envuelta en los más diversos pensamientos. No quería admitir que otra vez había pecado de desbolada. Aunque en el fondo sabía que no había sido su culpa no podía evitar sentirse culpable, y todas sus inseguridades se agolpababan para hacerla sentir peor.

Su torbellino de pensamientos la hacía caminar mirando el piso. Quizás por eso, al llegar al felpudo de bienvenida de su departamento pudo ver rápidamente la mayor de las sorpresas. “Parecía importante” decía una nota desprolija escrita en imprenta “Perdón por todo”. Al lado de estas escuetas pero significativas palabras, ahí estaba él: el anillo que Lucrecia compartía con sus 7 amigas de la infancia. Ese que había recorrido con ella un montón de ciudades alrededor del mundo y con el que tenía selfies de los momentos más disparatados. Al que había apretado fuerte en los momentos más difíciles. Ese, que tanto camino tenía andado y que era irremplazable, estaba otra vez con ella. El ratero debía haber visto su dirección en el DNI pero ¿cómo había hecho para entrar al edificio? Mejor ni pensarlo.

“Alguien que puede empatizar con el otro de esta manera, no hay forma de que robe por maldad” pensó Lucrecia, mientras se servía un vaso de vino para relajarse después de semejante tarde de nervios. “Tiene que ser por necesidad”. Por un segundo pensó en que quizás le hubiera gustado tener más plata en la billetera para poder ayudarlo.

“La llamamos para consultarle por un movimiento inusual en su tarjeta de crédito. Creemos que usted ha sido víctima de un fraude”. ¡Las tarjetas de crédito! Con toda la historia del anillo Lucrecia se había olvidado de llamar para denunciar el robo. “Si, si, me las robaron” dijo apresuradamente. “¿Desconoce entonces las 15 compras que se se hicieron a su nombre esta tarde en distintos sitios webs, incluyendo la TV de 50 pulgadas que se pagó en 12 cuotas?”. Lucrecia se quedó atónita. Quizás no fuese sólo hambre entonces lo que movió al ratero. O quizás en el fondo sí. Bueno, nunca lo sabría. “Ni muy muy, ni tan tan” pensó.

Después de haber hecho la denuncia Lucrecia salió al balcón con su copa de vino en una mano y el anillo en la otra, y se sentó en el sillón a mirar la gente que pasaba por la calle. Sentía cómo su cuerpo se iba recuperando lentamente de todo el trajin del dia. Mientras la copa se iba vaciando, no dejaba de apretar el anillo y pensaba en cuántas veces había considerado ella misma cambiar la tele y no se había animado. ¡Qué fácil era comprar con la tarjeta de otro!

Su anillo pareció guiñarle un ojo. Entonces recordó todos los viajes en los que había invertido mejor la plata. Lucrecia cerró los ojos y pensó en cuál sería su próxima aventura, tranquila de saber que podría llevar, una vez más, a su más fiel compañero. O mejor dicho a esas personas a las que representaba: sus 7 hermanas del alma. Lucrecia sonrió satisfecha. Y es que, sin duda, perder algo y recuperarlo es potenciar al mil la emoción de tener cerca eso que tanto amamos.

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