#RelatosReales: Estalló el horno pero estamos bien

Los que vienen siguiendo esta sección (#RelatosReales) saben que, en los viajes que hicimos este año, pasaron cosas irreales. En el hotel de Trelew tuve que subir con Joaco las escaleras con humo para buscar a Seba y a Rafa que dormían (también entre el humo) en la habitación. En Punta Cana me quebré el dedo chiquito del pie y me lo tuvo que acomodar Seba (la poca preparación del hotel ante las emergencias fue alarmante). El fin de semana del 10/9 viajamos a Punta del Este y este destino no podía ser la excepción…

Llegamos a la tardecita, después de Buquebus y 4 hs de ruta en auto. Fuimos con mis cuñados y mi sobrinos (8 adultos, 6 niños). El Airbnb que alquilamos parecía soñado en las fotos. De alguna forma lo era, porque la vista al mar era imponente. Tenía un gran ventanal que de día se lucía mucho y de noche con frío… mmm no tanto.

Decidimos ir al super a comprar la cena, porque Uruguay está muy caro y éramos demasiados para comer afuera. Mi cuñado preparó la carne y lo metimos con las papas en el horno. Éste no tenía una de las perillas (no la tenía, literal) pero la dueña nos había dicho que era solo para el modo de cocción, que con usar la otra para poner la temperatura ya íbamos a estar bien. Raro, pero confiamos.

Eran las 21 30 y ya se nos hacía agua la boca de ver la pinta que tenía la comida a través del vidrio. Los chicos estaban entretenidos por la emoción de estar todos juntos (y de armar cuevas de colchones en el living) pero cada tanto preguntaban por la comida. Estábamos en el comedor picando algo, uno de mis cuñados estaba por acercarse a la cocina, cuando escuchamos un estallido adentro del horno. Nos quedamos paralizados. Me pareció ver un chispazo pero no había humo. El horno se apagó al instante. La puerta seguía cerrada pero cuando nos acercamos vimos vidrios tirados por todo el piso. Solo entonces entendimos: había estallado el vidrio de adentro de la puerta, ideal para que millones de pedazos se colaran entre toda la comida. Nunca en la vida habíamos presenciado nada igual. Fueron muchos los sentimientos que se mezclaron en ese momento. Por empezar la cocina fue lugar prohíbido para que transitaran los chicos desde ahí hasta el día que nos fuimos y nuestro primer agradecimiento fue porque ninguno de ellos hubiera estado al lado del horno. Filmé un video para mostrarle a la dueña lo que había pasado, porque era imposible ponerlo en palabras. Era tal el lío de vidrios que no sabíamos ni por dónde empezar. Intentamos abrir la puerta del horno pero caían todavía más.

A la impresión de los vidrios se sumó en los chicos el hambre, «¿y cuándo comemos?». Gran pregunta. Nosotros que no habíamos querido gastar de más comiendo afuera, tuvimos que terminar recurriendo al delivery. «Al menos vamos a comer unos buenos chivitos uruguayos». Error. Claramente esa no era nuestra noche culinaria.

En conclusión, pagamos 2 cenas, tuvimos que tirar una por estar llena de vidrios (es el día de hoy que nos duele no haberlo podido ni probar) y la otra la tragamos por hambre y no por gusto.

Nunca supimos si la dueña se sorprendió de verdad o si esto ya le había pasado antes y era solo un accidente recurrente. Lo cierto es que al otro día mandó a Mabel a que aspirara los vidrios que habían quedado en el horno, en el piso y entre los cubiertos y, en pleno sábado, nos llegó un horno nuevo. Que se ocuparon, se ocuparon. La doble cena… esa no la reintegraron.

¿Y? ¿Cuál de los 3 relatos reales viajeros hasta ahora les pareció más irreal? Los leo.

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