Cuento: “¿Hay que ser joven para cambiar el rumbo?”

[Este cuento forma parte de mi iniciativa literaria #ContemosJuntos. Dani de @comunidadaha eligió el nombre del personaje principal, @marianagranes el sentimiento que la mueve, de @historias.chiquitas la palabra clave del título y @mlausig respondió la pregunta sorpresa de esta edición que fue “¿En qué ciudad vive el personaje principal?”. Espero que lo disfruten 🤗]

¿Está trazado ya nuestro camino? ¿Hay una línea invisible que seguimos por intuición? ¿O no hay líneas, ni caminos, y la vida es solo un descampado donde podemos caminar en zig zag, para adelante o volver para atrás? ¿Acaso algo nos impide seguir otro rumbo? ¿Acaso hay otros rumbos? ¿Cómo sabemos cuál tenemos que seguir? ¿Quién nos lo marca? ¿O es que se trata, justamente, de dejar de buscar directivas? ¿Es realmente tan malo equivocarse?

Clementina ya estaba grande para plantearse nuevos rumbos, pero nunca en su vida fue de actuar como se suponía que debía hacerlo, los 90 tampoco serían la excepción. En otros tiempos su cuerpo y su mente iban de la mano. Pero ahora sentía un ancla que no le permitía hacer todo lo que en realidad tenía ganas. Si era por ella hubiera viajado por el mundo hasta el último de sus días. Pero sus médicos no le permitían hacer más que algún viaje cerca y siempre en auto.

Un día notó que su impulso se estaba apagando y realmente se preocupó ¿sería que el cuerpo había ganado la batalla y ahora la mente también se entregaba? Pasaban los días y sentía que la desazón era todavía más grande. No sabía cómo taparla. No sabía si tenía cura. Tenía miedo de estar apagándose.

Salió a la calle con su gran aliado, el andador, y recorrió los negocios. No sabía bien qué estaba buscando, pero creía que por ahí se trazaba su rumbo invisible. Hasta que en un momento lo vio clarito: “Agencia de viajes”. Ya está, eso es. No importaba qué le dijeran los médicos, ella tenía que salvarse. Así, sin más sacó un pasaje. Estaba terminando el mes de febrero del 2020 y Clementina volaría a Madrid por primera vez en su vida.

Damián fue a despedir a su abuela a Ezeiza y, aunque intentó disimularlo, Clementina notó en su nieto su cara de preocupación: “Voy a estar bien”, “Hay un virus”, “Está en China, eso es lejos de todo”. Damián revoleó los ojos. Ella era todo lo que a él le quedaba, pero sabía que no podía frenarla. Un mes después se arrepentiría de no haberse esforzado más por hacerlo.

El viaje en avión no fue fácil. No fue para nada como Clementina se lo había imaginado. Todos sus dolores se multiplicaron por mil. Ninguna de las azafatas la tenía realmente en consideración. Y para colmo el avión estaba completamente lleno. Una tortura que, por ahora, no ayudaba a su desazón general. Preocupada más por pensar en cómo sobreviviría al viaje de avión de vuelta, Clementina no podía ni siquiera darse cuenta de que su aventura ya había empezado.

Cuando llegó al aeropuerto de Barajas respiró profundo. Agradeció haberle hecho caso a su nieto y tener como único equipaje la valijita de mano, pero se arrepentía de haber pecado de coqueta y no haber llevado su querido andador. El bastón solo ya no servía tanto como ella recordaba.

En la calle hacía frío pero eso no le preocupaba. El frío la hacía sentir más viva. Se subió al taxi rumbo al hotel. Desde ahí llamaría a su amiga Josefa. Hacía años que le pedía que la visitara, así que le daría una gran sorpresa. Todo eso la ilusionaba, aunque no la hacía olvidar de sus dolencias ni de lo terrible que había sido el viaje. “A ver si de una vez por todas se me va esta sensación que me oprime tanto” pensó. Llegó al hotel. Quiso sentir el olor a limpio pero se acordó de que el olfato era el sentido que más rápido se le estaba yendo. Suspiró.

Se acostó pensando en solo descansar un poco las piernas, pero se quedó dormida. Cuando se quiso dar cuanta ya era de noche. Se arregló para comer algo en el restaurant del hotel. En la recepción buscó a una cara amigable que la ayudara a dar con Josefa: tenía anotado su nombre y apellido y una dirección a la que le hacía llegar sus cartas. Pero no sabía si ella estaba lejos o cerca de ahí “Esto es muy cerca” le dijo la recepcionista “Le explico cómo llegar”. Clementina miró a la joven con ternura. Por primera vez en mucho tiempo no la trataban como una anciana, y le hablaban como si sus piernas realmente pudieran hacer solas todo ese trayecto. Esperó a que terminara para pincharle la ilusión: “Será cerca, querida, pero yo necesito un taxi”.

Al otro día el taxi la llevó a la casa de Josefa. Clementina estaba vestida de punta en blanco, tanto como el frío se lo permitía. El taxi frenó en la casa de su amiga y ella se bajó ilusionada. Tocó el timbre una vez. No tuvo respuesta. Tocó de nuevo. Un hombre se asomó a la ventana “¿Diga?” “¿Está Josefa?” la mirada del hombre se nubló. Todavía había amigos de su madre que no se habían enterado de la triste noticia.

Con la ayuda del hijo de Josefa Clementina volvió al hotel. ¿Y ahora qué? Estaba sola en un país europeo, muy lejos de su casa, de sus cosas y de su nieto. La desazón que la había impulsado, lejos de apagarse, se estaba acrecentando. Se odió por haberse sentido una joven. Enterarse de que su amiga ya no estaba le había terminado de quitar las fuerzas.

“Quiero volver a casa” le dijo a su nieto como si fuese una criatura que ya no quiere jugar más. “Ya mismo te cambio el pasaje”. Pero el COVID-19 estaba en puerta y lo que antes parecía sencillo de hacer ahora no lo sería tanto.

“Estoy desesperado, mi abuela está sola en Madrid y por la cuarentena y el COVID-19 no puede volver ni puedo ir yo a verla. Por favor, si alguien tiene algún conocido allá que me ayude!!!”. El mensaje que Damián escribió en su perfil de Facebook era desesperado. Ya no sabía qué hacer para ayudar a Clementina que había quedado encerrada en plena pandemia en una ciudad desconocida. “Dami, yo estoy viviendo en Chamberí. Escribíme.”. Damián ni siquiera se acordaba de que entre sus contactos estaba su ex novia, Mariela.

Damián y Mariela volvieron a hablar después de años de no saber el uno del otro. Clementina, que nunca olvidó una cara, la reconoció enseguida cuando la fue a buscar al hotel. El toque de queda ya estaba decretado pero la dejaron pasar como una excepción: después de todo iban a necesitar tener las habitaciones libres para los que tuvieran síntomas leves… pero eso todavía no lo sabían.

Mariela la llevó a Clementina a su departamento. Le pidió disculpas por tener tan poco espacio pero le dijo que no se preocupara: que ahora estaban juntas en esto. En plena pandemia el hacer equipo con alguien se había vuelto clave. “Espero estar poquitos días” le dijo Clementina con ingenuidad.

Pasaron los días, las semanas, los meses. Clementina y Mariela se armaron su propia rutina. La anciana le cocinaba y la atendía como hacía mucho no podía atender a nadie. Y la joven destinaba sus recreos de almuerzo y sus cortes a la tarde para escuchar las historias de antaño que hacía mucho nadie escuchaba. Más allá de los mensajes de texto, una vez por semana tenían videollamada con Damián. Al principio solo Clementina, después se fue incorporando Mariela y finalmente, con la excusa de tener que acostarse temprano, la abuela dejó que su nieto y su nueva gran amiga conversaran tranquilos. Se imaginaba que ese era el momento de la semana que ambos más esperaban.

Llegó junio y la cuarentena por fin terminó en España… pero no en Argentina. Pasarían unos meses más hasta que nieto y abuela pudieran verse. Clementina ya se había adueñado de la ciudad: había aprovechado el sostén de Mariela para recorrer cada rincón y frenar a tomar aire todas las veces que necesitara. Ya estaba decidido: para las fiestas viajarían las dos juntas a Buenos Aires. Las normas estaban más flexibles y Mariela no quería dejar a su nueva amiga viajando sola. No sabía que además del otro lado del Atlántico la esperaba una propuesta para comenzar juntos una vida de a dos, ahí donde se habían quedado con Damián tantos años antes.

Clementina sí sabía de los planes de Damián y por eso el tan ansiado viaje de vuelta fue muchísimo más placentero para ella. Apoyada en la ventanilla y con una gran sonrisa pensaba en esos rumbos invisibles que nos llevan, quizás no a cambiar solo nuestra propia vida, sino también la de aquellos que más queremos. Solo se trata de estar atentos a las pequeñas señales que llevamos dentro.

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