La última novela del autor japonés es la primera que leí de él, y sin dudas no será la última. Siempre digo que los libros llegan a la vida de uno en un momento determinado por una razón específica que escapa nuestra conciencia. Así creo que fue el caso de «La ciudad…».
Voy a empezar por el epílogo, es decir, por el final. Y es que en él el autor me confirmó lo que creí durante toda la novela: hay una progresión en la madurez del narrador y hay muchos detalles autobiográficos (por ejemplo, la presencia del jazz).
La novela está dividida en tres partes. La primera puede ser un texto en sí mismo (y de hecho lo fue porque se trata de un texto que el autor publicó en una revista varias décadas atrás); la segunda es muy larga, muy profunda y muy rica; y la tercera vendría a ser como la conclusión de la historia. La pluma de Murakami siento que me arrulla, me calma. Leer el libro me produjo paz en más de una ocasión. Está escrito en primera persona aunque nunca conocemos el nombre del protagonista (podemos ser todos) y cuando empieza la novela está enamorado de una chica que tampoco tiene nombre (podemos ser todas). Ambos imaginan una ciudad (que tampoco tiene nombre) y dicha imaginación en algún punto se vuelve real porque es allí donde vuelven a encontrarse. En la primera parte se entremezclan las dos líneas temporales y él le habla a ella. Pero en la segunda parte ella ya no es la destinataria de lo que se está contando y aparecen otros personajes que sí llevan nombre.
¿De qué va la historia? De la existencia. La fe, la eternidad, el tiempo, lo real, lo onírico, la espera, el amor, la soledad, la rutina, las sombras. Todo eso se entremezcla en un relato que, aunque por momentos se torna repetitivo y explicativo en exceso, logra mantener al lector (o por lo menos a mí) en vilo.
En ese juego de los planos, el más acá y el más allá, Murakami crea escenarios extraordinarios inmersos en cuestiones ordinarias. Y, si bien hay misterios que me gustaría descular, me quedo con lo que dice el autor: mucho hay en la vida que no tiene respuesta y la imperfección es parte de todo lo que nos rodea.
Hay que lanzarse a la lectura de este libro entregándose a la historia que este increíble autor creó para nosotros después de horas de reflexión y elaboración sin pedir nada más, ni nada menos, que disfrutar del proceso de lectura. De hecho una de las frases que más me gustaron de la novela fue esta: «Me vino entonces a la cabeza la imagen de una mariposa que trata de extraer todo el néctar de una flor. Eso es beneficioso tanto para la mariposa como para la flor: la primera obtiene su alimento y la segunda recibe ayuda para la polinización. Una relación simbiótica en la que no existe perjuicio posible. Eso es lo bueno del lector.».
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