Cuento: Esperando a Gloria

[¡Seguimos escribiendo juntos! Para este cuento historias.chiquitas me dio el nombre del protagonista, Pablo; marunagual el sentimiento que lo mueve, la decepción; y vickyfunes la palabra clave del título, Gloria. Yo inventé esta historia a partir de estos condimentos. ¡Espero que la disfruten!]

«Pablito, ¿Estás seguro de que ese es el número de vuelo?» el diminutivo y el tono de crítica son dos características que siempre acompañan todo lo que mi hermano tenga para decirme. Le muestro la pantalla del celular con el mensaje de Gloria que ya me sé de memoria de tanto repasarlo: «Te espero en Ezeiza, CM363». Santiago analiza el mensaje «¿y el CM?» «Es la empresa. Copa.» Le contesto ya ofuscado mientras guardo el celular en el bolsillo. Sé que no es su culpa, y que, con tono de reto o no, me está haciendo compañía desde las 6 de la mañana cuando se suponía que llegaba el vuelo. Me trajo en su auto bostezando, solo yo puedo hacerlo salir de la casa cuando todavía ni amaneció. Y entiendo también que, después de 2 horas de espera empiecen las dudas. Yo también las tengo a decir verdad. Aunque para mí duelen más: si Gloria nunca existió o si nunca va a aparecer, soy yo el que perdió 3 meses de ilusión con un amor que no existe.

«Bueno, si es ese ya está aterrizado… hace rato…» me dice mi hermano mostrándome por enésima vez las pantallas de Arribos. «Quizás tendríamos que haber traído uno de esos carteles que usan los tacheros cuando esperan gente». Pretende ser gracioso pero claro que ya lo pensé: hubiera querido tatuarme un «Gloria» en la frente si hubiera podido. Pero no es posible que haya pasado de largo sin verme. Tampoco es posible que se me haya escapado a la vista, si hasta la hija adolescente que pasó con el padre poco más que me tira con el gas pimienta por mi exceso de observación. «Voy a preguntar de nuevo». La mujer de informes me lo confirma: el vuelo CM363 ya aterrizó y los pasajeros ya deben haber salido todos «Salvo que alguno esté haciendo las compras de Navidad en el freeshop» me aclara. Por lo que conozco a Gloria, que hasta hace unas horas creía que era un montón, dudo que siquiera haya frenado en el freeshop. Le sonrío, ella tampoco tiene la culpa, y vuelvo al espacio de la eterna espera, ahí al lado de la mirada juzgadora de mi hermano que sigue bostezando. «¿Probaste llamarla?» «Directo el contestador».

Nos quedamos en silencio un rato más. Ya no sé ni qué mirar ni a quién preguntarle qué. Ya me empiezo a sentir patético. «¿Y si nos comemos una buenas medialunas… mientras seguimos esperando?». Es mi hermano, me conoce, y sabe que no voy a querer irme por lo menos hasta no saber qué es lo que pasó exactamente.

Comemos en silencio, 2 medialunas que parecen hechas de oro por lo que nos cobran. «Ya sé, soy un idiota». Mi hermano sigue masticando. «Todo parecía demasiado bueno para ser real» le digo. «Es lo raro de conocer a alguien por Internet, que en realidad hasta que no lo ves no lo conocés realmente.» «¿Por qué teoría te inclinás más?» Piensa un rato. «Por la del viejo de 80 años que se hace pasar por una mina joven y linda para hincharte.» Le revoleo la servilleta por la cara. Esa nunca había sido una opción para mí.

Volvemos en silencio para casa. Los mensajes siguen sin llegarle a Gloria y ya no tiene sentido seguir esperando (y gastando plata) en Ezeiza. Mi hermano me insiste para que almuerce con él y su familia, pero quisiera meterme bajo tierra y lo más cercano a eso es encerrarme en mi departamento y fingir que nunca estuve ilusionado con una mentira. Dudo que las cortinas blackout sean tan potentes como para tapar mi decepción… pero tengo que intentarlo.

Pasan los días y los mensajes a Gloria siguen teniendo una sola tilde. No volvió a aparecer tampoco en el chat de la app donde nos conocimos. Una parte de mí siente que ella se quedó suspendida en el aire en ese vuelo CM363, librándola de todo engaño y toda mentira. Pero el sentido común me dice que eso no puede ser así.

Estoy en esos días caóticos de home office, cuando suena el portero eléctrico. «¿Pablo? ¡Soy Gloria!». Me quedo helado, como si estuviera en presencia de alguien que resucitó de la muerte. «¿Me abrís?».

(Sigue el fin de semana que viene)

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