Cuento: «Larrea 1348»

Esta vereda ya no me parece tan dura. Este olor ya no me descompone tanto. A veces no sé si es que me acostumbré, o que de a poco voy dejando de vivir y solo existo.

Sé que hace calor porque la gente tiene musculosas y shorts. Pero yo siento frío. ¿O será que no quiero soltar esta manta que me hace sentir cuidada? ¿O será que «tenerla» es lo único que me define?

Estoy sucia desde hace días, pero la suciedad tampoco me molesta ya. Extiendo mi mano cansada y apoyo mi cabeza sobre el brazo. Realmente estoy agotada.

De golpe siento algo pesado en mi mano. No es una moneda. No es un paquete de fideos. La muevo para identificar qué es. Hasta que mi mirada se levanta y lo descubre: es un manojo de llaves.

«¿Necesitás un lugar dónde quedarte?» una mujer vestida de oficina, que huele a fragancia de coco, está parada frente a mí. Junto fuerzas para levantarme. Intento acomodarme los pelos que se me cayeron en la cara. Ahora sí me importa el olor. Ahora sí me importa estar sucia. Hacía tanto que nadie me miraba a los ojos…

Titubeo, todavía con las llaves en la mano. «Sí». La mujer mira con asco mi colchón y mi bolsa de tela con ropa. «Mi mamá acabada de morir» me dice «Y su departamento todavía está intacto.» No sé qué decir. «Hay muebles viejos, ropa vieja, mucho polvo. Hace como un mes que mamá estaba internada. No te molesta el polvo, ¿no?». Esta vez soy yo la que mira alrededor, para corroborar que realmente la realidad que tengo es la que se ve. «No» le contesto, aunque no sé si la pregunta esperaba una respuesta.

El último tiempo, más que nunca, aprendí que nadie te ayuda sin pedir nada a cambio. También aprendí a escuchar: en mi otra vida era la ruidosa, que se reía con fuerza. Pero eso ya quedó atrás. La mujer con olor a coco resopla un poco. Sospecho que esperaba que yo fuese un poco más rápida en mis reacciones. Pero ya perdí la cuenta de cuándo fue la última vez que comí (aquel paquete de papa fritas que me dio la viejita del edificio de enfrente), y el ayuno nunca me hizo bien a la cabeza. «Vos necesitás un lugar donde quedarte. Yo necesito a alguien que se ocupe de toda la porquería que hay ahí. Mi mamá tenía el síndrome de Diógenes. Entre otro millón de cosas. Acumulaba, acumulaba, acumulaba. Todo. No sé con qué te podés encontrar ni me interesa. Solo necesito alguien que haga orden a esas dos décadas de basura acumulada. ¿Y? ¿Qué decís?». Trago saliva y aprieto las llaves. ¿En dónde me estoy metiendo?

(Continuará…)

«Larrea 1348» – Segunda parte

La sigo por las calles con mi bolsa de tela y mi manta a cuestas y no puedo dejar de pensar en cómo logrará que el olor a coco siga intacto. Llegamos a la puerta del edificio: Larrea 1348. El manojo de llaves ahora lo tiene ella. Hay tres que son muy parecidas. Recién la tercera que pone en la puerta es la correcta. Me mira de reojo como si me debiera explicaciones «Venía a verla seguido, pero siempre me abría el portero». Asiento con la cabeza como si me importara. La verdad es que, en lo único que pienso con la poca energía que tengo, es si valdrá la pena todo esto por un techo. La última vez que dormí debajo de uno fue en la pensión a la que me llevó Matilde. Pero la experiencia fue tan horrible que prefiero borrarla de mi cabeza y quedarme solo con mis últimos días en la calle.

Ya en el ascensor la mujer toca el botón 7 en un tablero que tiene más opciones de las que alguna vez vi. Bajamos, y ahí nomás está la puerta de entrada al departamento. La mujer se queda un rato mirando el manojo de llaves: esta vez no tiene ni idea de por dónde empezar a probar. Escucho que por lo bajo murmura alguna palabrota; asumo que es contra su madre que su espíritu acumulativo se veía también en tener más llaves que puertas por abrir. Si hay algo que no tengo es apuro, eso también lo perdí hace tiempo. Pero siento los ojos más abiertos y pienso que puede ser algo de eso que llaman «adrenalina». Quizás porque rompió con mis días que eran todos iguales. O quizás porque la pregunta «¿En dónde me estoy metiendo?» sigue taladrándome adentro como un eco en espiral.

Esta vez tuvimos seis intentos. Finalmente, cuando la puerta se abre, se nos abalanza una mezcla de olores como si nos diera un cachetazo: humedad, polvo, viejo, podrido. La mujer con olor a coco se tapa la nariz e intenta disimular una arcada. «Bueno dale, entremos de una vez». Yo podría ser una asesina. Podría empujarla, maniatarla, secuestrarla. Eso decía la mirada de todos los que pasaban al lado mío en la calle el último tiempo. Pero ella es demasiado bien pensada o está demasiado desesperada. No me decido entre las dos opciones cuando de golpe nos chocamos con la primera gran sorpresa.

(Continuará…)

«Larrea 1348» – Tercera parte

“Dante” susurra la mujer con olor a coco. “Esa frase es de un libro”. Frente a nosotras hay un cartel grande con letras que simulan estar pintadas con sangre. Pero es témpera roja, yo lo tengo bien claro: la sangre tiene un aspecto totalmente distinto. “¿Y qué significa?” le digo “Dejen toda esperanza, ustedes que están entrando”. Vi todo tipo de violencia en la calle. Estuve en los callejones más oscuros en las condiciones más difíciles. Pero esa frase, pintada de rojo, en un departamento tétrico que se supone que va a ser mi hogar, realmente me paraliza. “¿Nunca lo habías visto antes?” ella ignora mi pregunta. Se ve que ya no tiene intención de simular que tenía una buena relación con su mamá… o una relación, punto.

Ya no sé si tengo ganas de pasar. Tampoco sabría por dónde hacerlo. La puerta principal da a un recibidor que está lleno de duendes. Esos duendes que alguna vez vi escondidos en alguna planta. Pero acá están bien visibles. Te reciben como los dueños de casa. Hay como 30 y tienen tamaños muy distintos. Me quedo mirándolos a los ojos como si pudieran darme alguna pista sobre si me conviene seguir adelante o si mejor sería salir corriendo. Pero ¿a dónde?

La mujer con olor a coco se hace camino entre las estatuas. No registra sus ojos y no le intimida su presencia. Supongo que quiere terminar de una vez con todo esto. No sé ni su nombre pero no quiero que se vaya: quedarme sola entre tanta cosa no me causa mucha gracia. Por un momento extraño la soledad de la indiferencia que tenía en mi esquina.

Pasamos por el living que está oscuro. Veo sombras de cabezas de caballos, estatuas que parecen de bronce, latas, botellas… de todo eso emana polvo y humedad. Ya no sé cuántas veces me froté la nariz desde que entramos. Pasamos a la cocina. Los estantes no cierran, los envases, llenos y vacíos, intentan salir por las puertas. La mujer hace lugar en la mesa y me hace una señal de que me siente en una de las sillas. Entonces a lo lejos la veo a ella: la ducha. Ya casi ni me acuerdo cómo se sentía el agua correr por mi cabeza, en soledad. Mientras fantaseo con la idea de limpiarme, la mujer me trae a la realidad: claro que todo tiene un precio, y lo estoy por descubrir. «Bueno, estas son las condiciones» me dice. Trago saliva.

(Continuará…)

«Larrea 1348» – Cuarta parte

Mi vista se empieza a nublar. Ya reconozco este mareo. «Tengo hambre» le digo a la mujer con olor a coco. El hambre ya pasó a ser un estado normal en mí, pero ella no lo sabe. Y pienso que así puedo ganar un poco de tiempo. La mujer me mira extrañada, como si recién ahora se diera cuenta en dónde me conoció. O en dónde me encontró, mejor dicho. «Sí, ya contemplé eso» me dice como si se tratara de un contratiempo. El timbre interrumpe nuestra charla.

Me quedo sentada en la cocina mientras la mujer baja a buscar el pedido. Me siento como uno de esos duendes que acabo de ver en el hall de entrada y los envidio: ellos no tuvieron que pagar un precio tan alto por tener un techo.

La mujer vuelve con una bolsa de papel madera y esa M amarilla con olor a papas fritas que tantas veces sentí pasar por al lado mío en la esquina. La mujer saca las cosas de los envoltorios como si yo fuese una nena aprendiendo a comer. La forma en que frunce su nariz no la dejan disimular su asco. ¡Si supiera las cosas que tuve que escarbar! Tardo en reaccionar pero finalmente me llevo todo a la boca como si fuese mi última comida. Entiendo que si no acepto este acuerdo, probablemente lo sea.

La mujer no deja de tener olor a coco a pesar del olor a frito que sale de la bolsa de papel madera. Tampoco deja de mirar el celular mientras yo devoro todo a la velocidad de la luz. «Está bien» le digo todavía con la boca llena. Trago. «Acepto». La mujer levanta la vista sorprendida. Se ve que ni ella pensaba que yo iba a decir que sí. «OK, pero tenés que firmar estos papeles. No quiero que después me acusen de nada raro. ¿Tenés DNI?» «Esto ya es raro» pienso para mis adentros. «Firmo lo que quieras. Pero solo quiero agregar una condición». La mujer resopla «¿Techo y comida te parece poco?» «La libertad no debería tener precio» la mujer se incomoda. «¿Qué querés?» «Quiero traer conmigo a alguien». Y es la primera vez en mucho tiempo que nombro a ese «alguien» en voz alta.

(Continuará…)

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